Consejos y avisos

25/7/26

O espertar dun POBO

  o espertar dun pobo

ourense no Día de Galicia


Se lle preguntas a calquera que é o 25 de xullo, falarache de Santiago, de botafumeiros e de actos oficiais. Pero o Día de Galicia non naceu nun despacho. Naceu na pel, na distancia e nesa palabra que só nós sabemos pronunciar co corazón na man: A MORRIÑA.

Aínda que din que o Día de Galicia xurdiu en 1919 coas Irmandades da Fala, en Ourense o espertar da identidade viña de moi atrás. Moito antes de que os intelectuais puxesen de moda o galeguismo, Valentín Lamas Carvajal xa abrira o camiño. En 1876 fundou en Ourense O Tío Marcos da Portela, o primeiro xornal editado integramente en galego. Aquelo foi unha revolución. Non era unha publicación pra catro sabios; vendíase por miles nas feiras e chegaba ás aldeas. Cun ton retranqueiro e popular, Lamas Carvajal ensinoulle aos labregos e artesáns que o seu idioma era digno de imprenta. Foi o primeiro en demostrar que a nosa lingua era o noso maior símbolo de identidade.

Cando décadas despois colleron o relevo Risco, Cuevillas e, por riba de todos, don Ramón Otero Pedrayo, o terreo xa estaba sementado. Otero Pedrayo, patriarca das letras galegas, colleu xunto cos seus compañeiros de Nós ese idioma popular para levalo á filosofía, á ciencia e á vangarda europea.

Don Ramón entendeu mellor que ninguén que a maneira de potenciar o galego non era a través da imposición ou a obriga, que son ferramentas que adoitan lograr o efecto contrario. O segredo estaba en prestixialo, en espertar no pobo a convicción e o namoramento de que a súa lingua era valiosa. Ourense estaba a conseguir o milagre: transformando o galego de ferramenta do campo nun orgullo que a xente abrazaba por propia vontade. O 25 de xullo era a reválida anual dese orgullo conquistado nas rúas, nos quioscos e no corazón dos veciños. (Logo as cousas torceron, e polo de agora non se conseguiu recuperar o estilo dos pioneiros).

Pero daquela a identidade galega estaba coxa, porque Ourense tiña a metade do seu corazón partido pola emigración. Aquí é onde a morriña deixa de ser unha tristura pasiva para converterse nun motor. O Día de Galicia concibiuse como unha ponte invisible que cruzaba o Atlántico pra abrazar os que marcharan.

Mentres na provincia a xornada se vivía pensando no retorno, nos Centros Galegos de Bos Aires, Montevideo ou no Centro Galego da Habana, os ourensáns emigrados daban a batalla na distancia. Alí, o 25 de xullo era un día para vivir con orgullo. Escoitar a gaita, aqueles alalás e muiñeiras, aquelas pandeiretas e a simple cuncha da vieira e, por riba de todo, falar. Falar o galego en voz alta na diáspora era o mellor remedio contra o esquecemento. O idioma funcionaba como a única patria que ninguén lles podía quitar.

Esa morriña non quedaba en bágoas de banquete. O emigrante ourensán era de ideas claras e carteira por diante. Os cartos que enviaban con moito suor financiaron escolas, estradas e sociedades de progreso nos seus pobos. Máis tarde, a diáspora salvou a nosa cultura editando moitos dos libros e periódicos que hoxe son parte do noso patrimonio cultural. Os intelectuais, desde Ourense ou alá mesmo —que tamén emigraron—, poñían as ideas e a lingua, e os emigrantes sostiñan o orgullo e o futuro na distancia.

 Ali estaban os ourensáns das Irmandades da Fala. Monforte 1922

Celebrar este día non é mirar un calendario oficial; é entender que Galicia lle debe o seu espertar cultural e o seu corazón ás nosas rúas, aos nosos cafés, ao maxisterio de Otero —que nos ensinou a amar a lingua por convicción—, das irmás Do Campo, de Filomena Dato, de Risco, de Cuevillas… de todo un pobo que se sente GALEGO.

Neste día, o propio é brindar polo que fomos e polo que somos cun groliño do noso licor café, escuro e vivo coma a nosa historia…

Feliz Día de Galicia.

26/6/26

Oficios del pasado. Vendedor de entradas de espectaculos

 

Juan Rego durante ños encargado de la venta de entradas en las taquillas oficiales

Oficios del pasado:

Vendedor de entradas de espectáculos

Es una realidad incontestable que antes no existían las redes sociales, ni los teléfonos inteligentes. Sin embargo, nuestros mayores se las ingeniaban para dar soluciones creativas a los problemas cotidianos de la época. Hoy en día, comprar una entrada para un concierto, una obra de teatro o una sesión cinematográfica es un acto mecánico que casi solo concebimos a través de una página web o una aplicación móvil. Los cines de estreno, cada vez con mayor frecuencia, centralizan sus ventas en internet, aunque de momento mantienen las taquillas. Si acaso, los estadios de fútbol es donde más necesarias son y aún conservan la clásica taquilla, donde todavía es habitual ver colas de aficionados los domingos por la tarde, aguardando su turno, horas antes del pitido inicial.

Hubo un tiempo, en que la única opción aparente para asegurar un asiento en los eventos era armarse de paciencia y hacer una larga fila ante la ventanilla. ¿O tal vez no era la única vía? La historia de Ourense nos demuestra que la necesidad y la picaresca bien entendida dieron origen a un oficio hoy extinto: el vendedor callejero y comisionista de localidades.

Para comprender la evolución de esta actividad, es de justicia rescatar aquellos nombres propios que custodiaron los primeros talonarios de papel y matriz. El primer taquillero del que se tiene constancia en la memoria popular era el señor Pirús. Aunque el paso del tiempo ha difuminado los detalles exactos de su biografía, los registros del fútbol apuntan a que en la década de 1920, un jugador del Orense respondía a ese apodo, por lo que es muy probable que se tratase de la misma persona vinculada al club tras colgar las botas.

Posteriormente, la responsabilidad recayó en una figura harto conocida por los ourensanos de la época: don Juan Rego. Hombre polifacético que, compaginaba diversas ocupaciones con una estrecha colaboración con el entramado deportivo y cultural de la ciudad. Don Juan en ocasiones asistido por Adolfito, (mi añorado amigo Adolfo Rego), gestionaba la venta de localidades no solo para el fútbol local —transitando por las distintas denominaciones de la entidad. como el Club Deportivo Orense, la Unión Deportiva Orensana o el Burgas—, sino también para algunos de los cines que amenizaban las tardes de la posguerra.

Los aficionados más veteranos quizás recuerden aquella pequeña caseta de madera instalada estratégicamente en la céntrica calle del Paseo, justo en la esquina del emblemático chalet de Losada. Aquella modesta construcción supuso una auténtica revolución para la comodidad de los ciudadanos. Allí podías adquirir tu entrada, sin la necesidad de desplazarte primero hasta el viejo campo Loña o, más tarde, a las modernas instalaciones del Estadio del Couto. El siguiente paso natural en esta evolución urbana llegó cuando el club habilitó las taquillas en el propio recinto del Estadio del Couto. Allí continuó don Juan Rego durante años, despachando billetes. Cuando las fuerzas flaquearon y decidió retirarse, el testigo pasó a manos del señor Pereira. El último eslabón de esta cadena de taquilleros oficiales fue Marina; una mujer sumamente popular en el Ourense de la segunda mitad del siglo XX, ya que compaginaba esta labor dominical con la regencia de su conocido quiosco de prensa situado en la calle del Villar.

Sin embargo, me estoy guardando intencionadamente una última figura en la manga. Un personaje crucial en el paisaje urbano de aquel Ourense en blanco y negro que, a cambio de unos pocos reales o de la simple generosidad del comprador, era capaz de ahorrarte las incómodas colas bajo la lluvia gallega, los desplazamientos de última hora y la terrible incertidumbre de quedarte a las puertas del gran evento tras haberse colgado el cartel de «no hay billetes», esto ocurría pocas veces, pero….

1978 Severino Pintos Salgado en la calle del Paseo despachando entradas del Couto. Los vinos, la Regidora, el Coralín. el Recaredo, el Miño…, eran otros locales donde encontrarlos

Antes de que este oficio se normalizara, existieron precedentes más informales. El más recordado era el gran Paco Madrid (lo de Paco es en todos los sentidos, grande como persona y grande de tamaño). Paco realizaba una actividad que hoy rozaría la reventa, aunque en aquel contexto se entendía como un favor personal remunerado. Conseguía entradas bien ubicadas cuando eran numeradas y las reservaba en exclusiva para aquellos que él denominaba con orgullo sus «socios». A cambio de asegurarles el acceso al partido o a la función cinematográfica, Paco les ganaba un buen extra económico bajo mano, operando siempre al filo de la estricta legalidad de la época.

La verdadera transformación y dignificación del oficio llegó en el año 1948 de la mano de Severino Pintos Salgado. Funcionario municipal y vecino del barrio del Couto, Severino era un hombre respetado que contaba con la absoluta confianza de la junta directiva del club de fútbol. Esa intachable reputación le abrió de par en par las puertas para oficializar la actividad que antes se hacía de tapadillo. Para ejercer su labor sin contratiempos, Severino obtuvo los permisos necesarios: las autorizaciones del club o de los promotores cuando se trataba de eventos deportivos —que iban desde el fútbol, hasta las veladas de boxeo, pasando por las corridas de toros—, y el permiso del Concello de Ourense cuando el espectáculo consistía en los concurridos asalto baile del jardín del Posío u otras variedades artísticas locales.

A diferencia del método de Paco Madrid, el sistema de Severino era notablemente más ético y, a la postre, igual de rentable. Severino no imponía un recargo fijo sobre el precio de la entrada. Él se limitaba a ofrecer el servicio a pie de calle, y ganaba exclusivamente lo que la gente, de manera voluntaria y agradecida, le dejaba como propina o «voluntad».

Para constatar que este servicio alternativo era un negocio próspero y demandado por la sociedad ourensana, basta señalar que, con el tiempo, la ciudad llegó a mantener a tres de estos vendedores autorizados operando simultáneamente: el propio Severino Pintos, su hermano José Pintos y un tercer personaje popularmente conocido como «El Coruña».

La jornada de trabajo de estos hombres seguía un rito preciso. Lo normal era que, dos o tres horas antes del comienzo del evento, se dejaran ver por la calle del Paseo, siempre en las inmediaciones de la taquilla oficial que allí se ubicaba, captando a los rezagados o a aquellos que preferían evitar la aglomeración. No obstante, el verdadero corazón de su oficio latía en la hostelería local. Las cafeterías, tabernas y restaurantes más frecuentados del Ourense de la época constituían sus verdaderas oficinas comerciales. Los clientes habituales sabían perfectamente que podían encontrar a Severino o a sus compañeros entre las mesas y barras de establecimientos tan emblemáticos como el café La Regidora, el Coralín, el Recaredo, el Miño o en la zona de los vinos.

En las grandes ocasiones, cuando visitaba El Couto un rival de entidad o se programaba un espectáculo de enorme repercusión, el ritmo habitual de la ciudad se revolucionaba por completo. En esos días señalados, el vendedor callejero se convertía en la persona más buscada de Ourense. Era entonces cuando entraba en juego el arte de «tirar de libreta». Con días de antelación, estos profesionales apuntaban los encargos de sus clientes fijos asegurando la entrada. En los últimos tiempos, cuando en el estadio se llegaban a abrir hasta cuatro taquillas los vendedores se colocaban estratégicamente en la calle Ervedelo. 

La remuneración de este oficio se basaba, como ya he dicho, en el concepto histórico de «la voluntad». El beneficio dependía por completo de la generosidad de los parroquianos y de la coyuntura económica del momento; una dinámica laboral incierta sobre la que los propios trabajadores solían ironizar con una frase lapidaria que definía las oscilaciones de su fortuna y el ánimo de la clientela: ¡la voluntad, es como las ganas de trabajar!, «O no las hay, o son pocas». Con el cierre de los viejos teatros, la remodelación de las estructuras de los clubes de fútbol y, finalmente, la llegada imparable de la informática, la libreta de Severino y el pregón callejero de las entradas pasaron a formar parte exclusiva del patrimonio nostálgico de la ciudad.

19/6/26

Calle Coruña, caminando sola...


Calle Coruña, caminando sola

    Hubo un tiempo en que Ourense estaba sobrado de calles huérfanas de nombre o con alguno prestado. Antes de 1952, si le preguntabas a un vecino por el vial que hoy nos ocupa, probablemente te respondería que era, simplemente, la calle del Posío. Y sería cierto, pero ocurriría lo mismo si tu pregunta se refería a la parte superior del jardín o a la de su izquierda. No tenían nombre propio porque no lo necesitaban; el jardín más emblemático de la ciudad las tenía como parte propia. Nuestra ciudad, a principios de los cincuenta, empezaba a desperezarse, a querer "estirar las piernas" más allá de su casco histórico, y esa zona era el ejemplo perfecto de aquel crecimiento.

Fue en 1952 cuando la calle empezó a reclamar su mayoría de edad y pasó a llamarse calle Coruña. Y no nació de cualquier manera: se transformó en uno de los viales más anchos de la capital ourensana. Parecía que sus diseñadores estaban pensando en los finales de etapa al esprint de la Vuelta a España. El motivo de tal despliegue no era otro que la modernidad ferroviaria: la calle nacía con la misión de dar servicio a la nueva estación de ferrocarril del centro.

Si miramos las fotos de la época, veréis que en los pies de foto originales se hablaba del Apeadero de San Cosme, aunque todos terminamos conociéndola como la Estación de San Francisco. Para muchos ourensanos de entonces, aquello fue un sueño hecho realidad. Imaginaos la escena: la posibilidad de bajarse del tren y, en apenas unos minutos de caminata, estar dejando la maleta en el pasillo de casa. Durante años, esa fue la gran promesa; una opción cómoda que pretendía evitar el "viaje" que suponía entonces ir hasta la Estación del Empalme. Sin embargo, la historia tiene sus caprichos. A pesar de la anchura de la calle Coruña y de la monumentalidad del proyecto, la realidad es que nunca llegó a tener un uso masivo. Se quedó en una estación con alma de barrio, un lugar de paso pausado. Incluso en más de una ocasión se planteó utilizar la vía como un enlace rápido entre el barrio del Puente y el centro, una suerte de "metro en superficie" que habría cambiado la fisonomía de nuestra movilidad. Pero, como tantas otras ideas, se quedó en el tintero. Hoy, la estación sigue estando infrautilizada, mientras mercancías y viajeros continúan utilizando masivamente El Empalme.

Museo Etnoloxico de Ribadavia.Xunta de Galicia. fondo Pacheco.(original)

        Pero dejemos la estación a un lado, que ella merece su propio capítulo. Hoy mi intención es que bajemos a la calle, a esa zona inferior que en las fotografías antiguas cuesta tanto reconocer. Charlaba el otro día con unas ourensanas que aún guardan el brillo de los años cincuenta en los ojos; de esos informantes privilegiados que paseaban la calle a diario y conocían a cada vecino por su nombre. Me contaban que la calle comenzaba con un edificio de una sola planta que guardaba un secreto de gasoil y metal: el acceso a un gran patio interior donde descansaban los autobuses de Freire.

Aquí la memoria de mis informantes es nítida, aunque los archivos a veces sean más tercos a la hora de soltar datos. Cuentan que aquellos autobuses daban servicio exclusivamente a la estación de tren, funcionando de una manera muy similar a lo que hoy son nuestros urbanos, pero con ese sabor artesanal de la época. Podías oír el rugido de los motores al arrancar por la mañana, un sonido que anunciaba que el día se ponía en marcha. No he podido contrastar de manera suficiente el nombre de la empresa y su trayecto, pero seguro que es más o menos "ese"; los expertos ya me corregirán.

Justo a continuación del patio de los autobuses, el olfato tomaba el relevo del oído. Allí estaba el horno de la panadería Barcoleón. Imaginaos ese aroma a pan recién hecho inundando la calle Coruña de buena mañana; era el perfume del barrio que, según cómo girase el viento, podía mezclarse con el de la cercana fábrica de chocolate de Nuestra Señora de los Remedios. ¡Ya teníamos el desayuno completo! El negocio lo regentaba un matrimonio que tenía en casa a tres o cuatro "angelitos". Y lo digo entre comillas porque, según me cuentan con una sonrisa, era casi imposible verlos juntos para poderlos contar. Con frecuencia, su vitalidad obligaba a intervenir a las vecinas más ilustres de la acera: las monjas.

        Era un contraste precioso. Al lado de la panadería se encontraba el convento y la capilla de las Siervas de María "Salud de los enfermos". Allí, la congregación contaba con la guía espiritual de don Antonio Jaunsaras, todo un personaje por su carisma como sacerdote y por su sabiduría musical. Era el refugio del silencio y la oración. Pero cuando los niños de Barcoleón decidían organizar sus "combates pugilísticos" en plena calle, la paz del convento se veía interrumpida por el jaleo de la infancia más pura. Eran cosas de niños, claro, pero los enfrentamientos debían de ser dignos de una velada de boxeo en el pabellón. Como curiosidad histórica, me cuentan que la figura de la fundadora, madre María Soledad Torres Acosta, que presidía la capilla, se conserva hoy en la iglesia de San Pedro de Moreiras. Un pedacito de la calle Coruña que se nos fue al campo.

Siguiendo nuestro paseo hacia arriba, nos encontrábamos con un lote de edificaciones que pertenecían a una sola propietaria: se las conocía popularmente como las "Siete Casiñas". En la primera de ellas vivía un camionero que era la envidia de cualquier conductor actual. Por aquel entonces, el tema del aparcamiento era una maravilla; el hombre simplemente llegaba y dejaba su camión plantado delante de la puerta. Sin multas, sin vados, sin vueltas a la manzana. La calle era, en el sentido más literal, una extensión del hogar. ¡Ah! Y en aquellos tiempos no tenía que preocuparse del robo de gasoil, ni siquiera del camión, que más de una vez quedaba abierto.

En el bajo de la casa donde vivía la dueña de todo el lote, el ruido del metal volvía a aparecer, pero esta vez con olor a aceite de motor, pues allí se ubicaba un taller de automóviles. Al lado, en una casita que solo tenía planta baja, se encontraba una pescadería que traía el olor del mar al centro de la ciudad. Era el "barrio total": en menos de cien metros desayunabas y, a media mañana, ya te relamías pensando en unas sardinas asadas con una rebanada de aquel pan de bolla.

Solo faltaba el postre para terminar este tramo de la memoria. No podemos olvidar la casa-tienda y fábrica de un heladero de los de antes. De esos que no esperaban a que el cliente viniera, sino que salían con su carrito a repartir mercancía y sonrisas por todo Ourense. Eran tiempos en los que ser autónomo no tenía tantas trabas ni papeleos; bastaba con tener un buen producto y ganas de caminar. Aquel heladero era uno de los que habían preferido el autoempleo; probablemente había aprendido el oficio con la gente de La Paloma o la de La Ibense, pero prefería arriesgarse a ser su propio patrón. En la zona del jardín, entre él y el famoso Espina, daban cobertura a todas las necesidades en verano. En invierno ya era otro tema, pero para eso en la tienda tenía casi de todo.

Hoy, cuando paséis por la calle Coruña, os invito a que no solo miréis el asfalto o los edificios modernos que han arrasado aquel pasado; hasta la capilla se ha ido. Buscad con la mirada ese lugar donde el camión descansaba en la puerta o imaginad, por un momento, a los niños de Barcoleón ensayando un derechazo ante la mirada reprobatoria, pero cariñosa, de una monja. Porque una calle no son solo sus límites laterales; son las historias de quienes la hicieron caminar por primera vez. Menos mal que siempre nos quedará el Posío…


Foto tratada con I.A.

5/6/26

Pasado .... y futuro de las ferias ourensanas

 

Fotos José Suarez 1934 para el diario Ahora 

Pasado …. y futuro de las ferias

Hace ya tiempo que mi calendario personal no se detiene obligatoriamente en el campo de la feria los días 7 ni 17. La última vez que me acerqué por allí, os confieso que, al margen de cumplir con el rito sagrado de comer el típico pulpo, poco más se podía hacer. Recuerdo incluso que acabé aprovechando el paseo para echarle un vistazo a los vehículos del parque de bomberos. Lo del entorno de la Plaza de Abastos es otra historia; aunque se mantiene el bullicio, ya no es, ni de lejos, la feria que vivieron nuestros abuelos. Aquellos encuentros donde las transacciones importantes se cerraban entre apretones de manos por animales o productos del campo han dado paso a mercadillos de ropa, alguna herramienta despistada, plantas y el clásico puesto de "semi-antigüedades" que tanto nos gusta rebuscar. A veces pienso en acercarme a la Plaza de la Trinidad para ver si aún queda algún rescoldo de aquella actividad antigua, pero no me atrevo... quizás por miedo a que el silencio sea la única respuesta.

Lo cierto es que no podemos pretender que algo que nació como una necesidad vital en los tiempos más remotos siga siendo hoy igual de viable. Las ferias no eran solo comercio; eran el punto de encuentro de vecinos que vivían y trabajaban en pequeñas aldeas, muchas veces aisladas por el barro. Acudían con un esfuerzo que hoy nos costaría imaginar para surtirse de lo básico. Pero el mundo gira: primero llegaron los almacenes, luego las grandes superficies y hoy el comercio electrónico se va adueñando de nuestros hábitos de compra y nos trae la feria al salón de casa. Una evolución que, suponemos, busca la mejora, ¡habrá que esperar a que el tiempo dicte su sentencia definitiva!

Me asaltan estos pensamientos porque, buscando información sobre el gran fotógrafo José Suárez, quien por fin disfruta últimamente de un merecido reconocimiento, me topé con un texto de Ángel Pumarega publicado en el diario Ahora. No os frotéis los ojos: el artículo es del año 1934. Yo siempre había guardado la imagen romántica de que, en aquella década, las ferias eran el motor imprescindible de Galicia, y resulta que Pumarega ya nos hablaba de su declive, de su "muerte" lenta pero inexorable.

Aquel artículo de 1934, titulado "Esplendor y muerte de la feria gallega", cobraba una dimensión casi mágica gracias a las fotografías de José Suárez. La cámara de Suárez no buscaba la postal idílica, sino la verdad cruda de Allariz. Cuando Pumarega le preguntaba: —Amigo Suárez, ¿cómo están tan tristes estas gentes de la feria?—, el fotógrafo, con su máquina al hombro, le explicaba la pesadumbre que veía en cada rostro. Eran campesinos inmóviles junto a sus bestias y carros, sin vender nada, víctimas de complicaciones ajenas que no alcanzaban a comprender.

Fotografia José Suarez

Dejadme que recupere parte de este texto, tan representativo de aquellos días:

En 1907 vino de América mi tío Cornelio. Yo tenía diez años y vivía con mis padres en las Cuatro Caminos. Grandes descampados y vertederos de basuras. Formidables pedreas de bandas infantiles. Noches temerosas con fantasmas de barrio envueltos en sábanas. Domingos de gran alborozo con los puestos de torreznos y de fritadas en la calle de Bravo Murillo. Recuerdos espeluznantes del hundimiento del Depósito. La escuela, las "novillos" y las sangrientas descalabraduras en la cabeza.

—Dejadme al chico para llevarlo a América —dijo mi tío—. Allí está su porvenir.

América era aún la gran ilusión. Sobre todo para los nacidos en Galicia. Partí con mi tío y nos detuvimos un mes en el hogar de la familia: la aldea de San Martiño do Real, cerca de Samos, provincia de Lugo.

Allí conocí la feria gallega. No recuerdo si fue la de Castroverde. Y ahora, delante de estas fotografías magníficas que muestran a todos la tristeza actual de la feria gallega, me acuerdo de la alegría ruidosa de aquella feria de 1907, a la que me llevaron mis parientes, dándome de comer el tradicional pulpo frito en grandes calderas de aceite hirviendo, servido en amplios platos de barro y haciéndome probar por vez primera el goloso anís dulce…..

Durante décadas, Galicia se desangró y se enriqueció al mismo tiempo a través del puerto de Buenos Aires. El proceso era familiar para todos: primero se iba el padre o el hermano mayor; luego se mandaban los giros para pagar deudas, rescatar tierras y, finalmente, traerse al resto de la familia. Esas cartas que llegaban cada mes con la promesa de "compraremos el campo de tal" sembraban un optimismo que florecía en los días de feria. El dinero de los "indianos" circulaba con una energía heroica. En esos años de esplendor, la feria era el escenario donde se lucían los nuevos aperos, las mejores bestias y las ropas recién compradas.

Fotografia José Suarez

Sin embargo, para 1934, ese río de plata se había secado. Pumarega y Suárez retrataron el final de una era. De América ya no llegaba nada y la crisis golpeaba los hogares gallegos. Los cobertizos de comida, antes llenos de humo y risas, estaban casi desiertos. "¡Cuántos presuntos vendedores volvieron a sus casas sin haber vendido nada y hasta sin comer!", lamentaba el periodista. La feria, que había sido el termómetro de la prosperidad agraria, marcaba ahora una fiebre de resignación y cansancio.

Los que nos cuentan que se resistían a abandonar la feria eran los ciegos de los romances, los pícaros y los truhanes. Ellos encontraban en esa reunión su mejor y, en muchos casos, única fuente de ingresos. Seguro que hoy, aun en el remedo de feria que tenemos, no falta algún carterista que con más o menos habilidad intenta birlar una cartera al despistado paseante.

Y hablando de carteras, todavía hoy es posible ver en esos días de feria y lluvia a algún paisano —yo mismo lo hago a veces— con el paraguas de tela remendada sujeto al cuello de la chaqueta con el fin de llevar las manos libres. Me acuerdo ahora de uno de los cuentos del entrañable Ernesto Ferro, que aseguraba que precisamente esa costumbre no era para facilitar el trabajo, sino para no tener que sacar la mano del bolsillo donde guardaba el dinero. El paisano podía parecer tonto, pero... ¡la retranca orensana siempre iba un paso por delante!

Al leer a Pumarega y observar las sombras y luces de José Suárez, uno se da cuenta de que la nostalgia no es algo nuevo. En 1934 ya se echaba de menos 1907. Hoy, en 2026, yo echo de menos esa cercanía que, a pesar de las penurias de la época, unía a las personas en torno a una mesa de madera con manchas de vino tinto.

La evolución es inevitable. No podemos pedirle a la sociedad de la fibra óptica que comercie igual que la del carro de vacas. Pero sí podemos aprender de esa "energía silenciosa" de nuestros antepasados. Las ferias de hoy son distintas, quizás más descafeinadas, pero guardan en su ADN ese espíritu de comunidad.

A veces, cuando paso por el Couto y veo edificios que guardan tanta historia social, o cuando releo estos artículos antiguos, siento que mi labor es simplemente esa: recuperar estos textos, estas miradas de Suárez, y ponerlas ante vuestros ojos para que no olvidemos de dónde venimos. Porque la feria puede estar en declive, pero nuestra memoria no debe estarlo.

Seguiremos buscando esas "alegrías ruidosas" entre los papeles viejos y las fotografías de plata, intentando comprender si este camino de progreso nos lleva realmente a un lugar mejor o si, como aquel niño que se embriagó con anís dulce en Castroverde, solo estamos dando vueltas en un sueño envuelto en una vaga neblina. Mientras tanto, nos vemos en la próxima feria, aunque solo sea para compartir un plato de pulpo...

Si podéis, os aconsejo leer el texto de Pumarega y ver el resto de fotos de Suárez de la feria alaricana; ellos lo expresaron mejor que yo, sin duda.

(Diario Ahora, 4 de enero de 1934).

4/6/26

El automovil de El Pueblo Gallego


 Eran otros tiempos, pero a base de sacrificio y esfuerzo se lograban superar las dificultades. 

En 1924 comenzó a publicarse en Vigo uno de los diarios más representativos de Galicia: El Pueblo Gallego. En sus páginas colaboraron las mejores firmas de la época, como Otero Pedrayo o Castelao, y gracias a su labor hoy conservamos un valioso archivo visual de nuestra tierra. En el caso de Ourense, la inmensa mayoría de las imágenes fueron obra del estudio Foto Villar. Sin profundizar en exceso, creo no equivocarme al afirmar que el trabajo de Leopoldo allanó el camino para que su hijo, Miguel Ángel, continuara la colaboración con el diario.

Posiblemente, algún día me anime a dedicarle un artículo extenso, ya que en su trayectoria (1924-1979) el periódico fue testigo de momentos cruciales de nuestra historia y logró mantenerse activo a través de todos ellos.

Hoy, al hilo de esta fotografía, os cuento que, tras su lanzamiento en 1924, el público ourensano debía esperar hasta pasada la media mañana para encontrar el diario en los quioscos, lo que generaba constantes protestas entre los lectores. Para solucionarlo, en 1927 la empresa decidió crear su propio servicio de transporte: cada madrugada, hacia las cuatro, un automóvil salía de Vigo cargado con los ejemplares del día. A las siete y media, los quioscos de Ourense ya estaban surtidos para que los lectores pudieran informarse temprano, aunque, según cuentan las crónicas, no era raro que la climatología o las averías mecánicas retrasaran ocasionalmente la distribución.

29/5/26

El Jardín Maternal "Couto" 1943-.....

La valla de madera y las calles sin rematar contrastaban con la instalación en aquel año 43

 Próximo a llegar a los 85 años de

un “jardín” en el Couto

A menudo, las ciudades se explican a través de sus grandes monumentos o sus puentes, pero existe otra historia, más silenciosa y humana, que se escribe en el interior de los barrios. El 28 de julio de 1939, Orense no solo ponía la primera piedra de un edificio; estaba cimentando una de las instituciones que con escaso “ruido” más huella ha dejado en la memoria afectiva de los orensanos. Hoy, con la perspectiva que nos dan los casi 85 años transcurridos desde aquel día, el Jardín Maternal del Couto —originalmente bautizado como "Iglesias Ballesteros"— se nos presenta no solo como un centro asistencial, sino como un hito social que sigue prestando un servicio envidiable a la ciudad.

El Couto de finales de los años 30 era un hervidero de gente. Un barrio populoso, de alma trabajadora y zona industrial por excelencia, donde la necesidad de un espacio para el cuidado de los niños era una urgencia real. La construcción del Jardín Maternal fue recibida como una bendición para las familias que necesitaban un lugar seguro y digno donde dejar a sus hijos mientras cumplían con sus jornadas laborales.

Lo que se proyectó no fue un simple edificio funcional, sino un auténtico oasis urbano. El centro nació rodeado de una extensión de terreno que hoy nos parecería un lujo: jardines cuidados, campos de juego y una zona de bosque que permitía a los pequeños orensanos crecer en contacto con la naturaleza sin salir de la ciudad.

Uno de los grandes orgullos del proyecto fue su piscina. Hoy estamos acostumbrados a las instalaciones deportivas municipales, pero en aquel entonces, contar con una piscina en Orense era algo extraordinario. De hecho, fue la primera piscina pública de la ciudad, aunque con un matiz importante: su uso estaba reservado exclusivamente para los pequeños del centro.

Aquella piscina no era solo un lugar de recreo; se diseñó pensando en el "vigor físico", en una época donde la salud infantil era una preocupación constante. Sin embargo, su historia fue breve. Mantener una instalación de ese tipo en aquellos años no era tarea fácil. Los costes de conservación y los problemas técnicos de la época hicieron que, pocos años después de la inauguración, tuviera que cerrarse, y si no me equivoco hoy sería cuestión de quitar la tierra que la cubre para recuperarla. A esto se sumaba un factor logístico curioso: durante el verano, que era cuando la piscina habría tenido más sentido, el número de niños en el centro descendía notablemente, los abuelos y las vacaciones paternas, solían influir en cambiar la ciudad por el pueblo, lo que hacía que su mantenimiento fuera poco práctico para la institución.

Fotografía publicada con motivo de la inauguración en el diario El pueblo Gallego, 

Más allá de su función como guardería para las familias trabajadoras, el centro cumplió una labor humanitaria fundamental al acoger a niños de familias muy humildes. Eran años difíciles, de posguerra, donde muchos niños se encontraban en una situación de vulnerabilidad extrema. Para ellos, el Jardín Maternal no era solo un lugar de paso, sino un verdadero hogar donde se les proporcionaba algo que el centro definía con una frase hermosa: "el alimento de la ilusión".

Allí, los niños de familias con escasos recursos encontraban no solo comida y enseñanzas, sino juguetes y un entorno diseñado específicamente para ellos, tengo que indagar el tema pero creo que no pernoctaban en el centro. En el discurso de inauguración se mencionaba que muchos de estos pequeños jamás habrían visto esos juguetes de no ser a través de los escaparates de las tiendas de la calle Paseo. Entrar en el centro significaba, para muchos, dejar atrás la precariedad de la calle para acceder a una infancia protegida, con ropa limpia, revisiones médicas en su clínica moderna y una educación que empezaba por los rudimentos del saber y el respeto.

No podemos hablar del Jardín Maternal sin mencionar a su artífice, el arquitecto Mariano Rodríguez Sanz. Supo interpretar perfectamente que un espacio para niños debía ser alegre y luminoso. Su diseño rompió moldes con lo que se estilaba en la ciudad:

Los pasillos de cristal y los inmensos ventanales permitían que el sol entrara de lleno en las salas de clase, creando un ambiente saludable y lleno de energía. El edificio no escatimaba en belleza. El famoso azulejo de la cerámica Zuloaga de Segovia en la fachada, representando a la patrona de la institución, era una joya que espero que a pesar de las sucesivas reformas se haya conservado…

Esos detalles, junto al mobiliario diseñado a medida, hablaban de un "estilo nuevo e infantil" que buscaba dignificar la estancia de los menores. El centro contaba con una sala de estar de estilo vasco y un hall elegante presidido por la memoria de quien daba nombre al centro, José Iglesias Ballesteros. Todo estaba montado con lo que las crónicas de la época llamaban "un gusto refinado", desde la cocina rebosante de limpieza hasta el despacho de dirección.

Los vecinos del barrio se fotografiaban en el entorno de las instalaciones. Lela,_ Pilocha....

El día que se abrieron las puertas, Orense se volcó con la institución. Tras la bendición del vicario capitular de la Diócesis, los asistentes recorrieron cada rincón, asombrados por la modernidad de la clínica sanitaria y el material pedagógico, que incluía algo tan avanzado para 1943 como un aparato de radio en la sala de clases.

Para cerrar aquel día histórico, se sirvió una comida a los niños que quedó registrada como un ejemplo de la atención que se les quería brindar: entremeses, puré de patatas, merluza en salsa, carne rellena y el toque dulce del brazo de gitano. Era la puesta en escena de un compromiso que, más allá de la política de la época, buscaba paliar el hambre y la orfandad en una ciudad que intentaba reconstruirse.

Es admirable comprobar cómo, casi 85 años después, ese edificio sigue en pie cumpliendo su cometido original. Aunque los tiempos han cambiado y las necesidades de las familias son otras, el espíritu de servicio permanece intacto.

Hoy en día, el Jardín Maternal del Couto, reformado y ampliado sigue siendo considerada una de las mejores guarderías de toda Galicia. Ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, modernizando su pedagogía pero manteniendo esa ubicación privilegiada y esa estructura que Mariano Rodríguez Sanz diseñó para que los niños fueran los verdaderos señores de la casa.

Para los que amamos la historia de Orense, el Jardín del Couto es mucho más que una guardería; es un recordatorio de que, incluso en los tiempos más sombríos, nuestra ciudad fue capaz de levantar edificios destinados a proteger lo más valioso que tenemos: el futuro de nuestros niños. Pasear hoy por sus alrededores, escuchar el griterío de los pequeños jugando donde hace décadas lo hacían otros niños en situaciones mucho más duras, es una de las mejores formas de sentir el pulso de nuestra historia local.

1956, Don José y niñas de 1ª Comunión aún se podía ver en la fachada el azulejo de la empresa Zuloaga. 

22/5/26

Historia de Vespa en Ourense

 El comienzo. Kaifer & Garaje Americano 


 La Vespa en Ourense.

Camino de los 75 años.

En el mundo del motor, nadie duda de que el SEAT 600 ha sido el coche más icónico para los españoles; sin embargo, en el ámbito de las dos ruedas —y a pesar de ser un scooter—, la Vespa reina de forma indiscutible desde 1946.

            Como ocurre con la mayoría de los grandes inventos, la Vespa nació de la necesidad, ofreciendo una solución ingeniosa a los retos de su época. En primer lugar, facilitó la movilidad con un vehículo asequible durante los difíciles años de la posguerra. En segundo, priorizó la fiabilidad sobre la velocidad, apostando por una postura de conducción excepcionalmente cómoda.

            La sociedad europea no tardó en adoptarla. Fue celebrada como un vehículo ideal para el público femenino, ya que permitía conducir con la naturalidad de quien se sienta en una silla. No obstante, no fueron las únicas en caer rendidas a sus encantos: los médicos rurales sustituyeron burros y caballos por este nuevo medio de transporte. A ellos se sumaron rápidamente —no sin esfuerzo, pues aunque barata, suponía una inversión— carteros, fotógrafos y sacerdotes de todos los pueblos de la geografía española.

            Hablar de la Vespa en Galicia exige una parada en Vigo, la tercera ciudad de España en contar con un concesionario oficial de la marca. Este hito llegó de la mano del empresario Luis Kaifer Olona, una figura incansable que ya había cosechado éxitos en diversos sectores.

            Su trayectoria pública comenzó en 1925 como representante en Galicia de la sociedad Tubos Forjados de Bilbao (no lo puedo asegurar pero creo que tenía orígenes vascos). Además de su faceta empresarial, Kaifer destacó como un deportista activo y un firme colaborador en el fomento del deporte local, lo que le valió el reconocimiento y el respeto de la sociedad de la época.

            Con el incipiente desarrollo de la automoción, Kaifer apostó decididamente por el sector. Grandes firmas le confiaron sus representaciones, convirtiendo su almacén en un punto estratégico para todo tipo de componentes, desde frenos y amortiguadores hasta neumáticos de marcas como Pirelli o Firestone. En cuanto a vehículos, distribuyó con éxito marcas como Fiat, Dodge y Ford. Balilla y Topolino fueron otros de sus éxitos.

            Su influencia también fue clave para la provincia de Ourense. Hacia 1954, apenas un año después de asumir la representación de Vespa en Vigo, Kaifer detectó el creciente mercado ourensano. Para atender esta demanda, llegó a un acuerdo con el Garaje Americano, ellos colaboraban en las ventas y Kaifer enviaba a mecánicos especializados varios días al mes, garantizando así el servicio técnico oficial en la ciudad de las Burgas. Sin embargo, el servicio técnico puntual no era suficiente; el éxito de ventas de la marca hacía imprescindible un concesionario oficial en la ciudad. El encargado de asumir este reto fue Rogelio Fernández, quien creó la firma FERQUIN, Fernández-Quintas, apellidos de sus hijos.

Rizo, era uno de los usuarios de este vehículo, pero al mismo tiempo, cuando veía uno por las calles no podía evitar fotografiarlo

El negocio nació inicialmente en la calle Progreso, junto a la confitería Milhojas, pero pronto se trasladó en busca de mayor visibilidad a la calle del Paseo. Allí, Ferquin ofrecía un catálogo propio de la época, donde convivían las flamantes Vespas con las máquinas de coser Refrey o las lavadoras Bru.

Gonzalo Belay, se marchaba de vacaciones y demostraba que la Vespa era un vehiculo familiar. Ademas de llevar todos los pertrechos que usarían en el Camping (incluida la pelota de playa), su mujer y su hijo lo acompañaban. Toda una proeza

            De aquellos años queda una curiosa anécdota, relatada por José Antonio Feijoo, sobre la sana rivalidad —el "pique"— entre Ferquin y JELASA (Jesús Lago y Lago), el distribuidor de Lambretta. Uno de los grandes argumentos de venta de Ferquin era la seguridad: criticaban que el faro de la Lambretta, al ir fijo en el escudo, no iluminaba el trazado en las curvas. Por el contrario, la Vespa, al llevar el foco integrado en el manillar, permitía dirigir la luz hacia donde apuntaba la rueda, una ventaja competitiva que se convirtió en todo un lema de la casa.

            El siguiente paso en esta historia (circa 1962), llegó de la mano del célebre: Delio Rodríguez, quien supo ver en la Vespa el complemento perfecto para su especialidad: las bicicletas. Así, durante un tiempo, la avenida de la Habana fue testigo de la convivencia entre las monturas de Orbea y los motores de Vespa.

            Sin embargo, esta alianza no duró mucho. A Delio se le presentó la oportunidad de introducir en sus tiendas una gama de «vehículos de grandes usuarios» a la que no pudo resistirse. Me refiero, por supuesto —valga la broma—, a las sillas y los coches de bebé, que acabaron desplazando a las motocicletas en su escaparate.

Anuncio y precios de aquellos tiempos

            Nos acercamos a la actualidad, que supone el periodo más longevo de un distribuidor de la marca. Me refiero a Hermanos Abad, una firma que ya contaba con gran experiencia: desde el año 1958 distribuía marcas como MV Agusta o B.S.A., todo un lujo. La mayoría los recordamos en la avenida de las Caldas, a la entrada del Puente Viejo, pero también tuvieron una exposición y venta en la calle Concejo antes de trasladarse a su ubicación actual en la zona universitaria.

            Ellos gestionaron la marca hasta el siglo XXI y, bajo su dirección, la Vespa vivió su momento de mayor esplendor. Hoy la concesión está en manos de Motos Ucha, pero eso ya forma parte del presente.

               Mi agradecimiento a Tito Abad (Hermanos Abad) y a José Antonio Feijoo por cederme parte de sus recuerdos para completar esta historia.

Esta es la responsable de este artículo, y de la creación del grupo Aquellos Cacharros ourensanos, en Facebook, con el que unos 9000 ourensanos estamos recuperando las imágenes de vehículos con matricula de nuestra provincia anteriores a los años 70.  A día de hoy se conocen mas de 1000 vehículos de esa época.


15/5/26

El Tarzán Orensano. 1950


 El Tarzán Ourensano

 Un misterio de 1950.

Los años de posguerra no fueron fáciles, y menos para familias que habían quedado rotas o que ya con anterioridad sufrían problemas. El caso más frecuente era el de niños con enfermedades mentales a los que la falta de ayuda social condenaba en muchos casos al encierro o al abandono. En el mejor de los escenarios cuando la familia era pudiente, su vida transcurría bajo una continua vigilancia y en casos críticos el medico incluso aconsejaba que se les atara.

En la ciudad fueron varios los casos conocidos, pero son los desconocidos los mas graves, ya que suponían abandonos e incluso crímenes. Hoy sin embargo no me apetece recordar algo tan desagradable, así que aprovechare para recuperar una historia que apareció en mis consultas mientras intentaba documentar sucesos similares. Hoy recordaremos al “Tarzán orensano”.

El personaje de Tarzán de los monos, creado por Edgar Rice Burroughs, es conocido desde 1912, No obstante no fue hasta la década de 1930 cuando alcanzó fama mundial, gracias a la interpretación del atleta Johnny Weissmüller en la gran pantalla. En Ourense tuvimos nuestro propio Tarzán aunque su historia fue mucho menos cinematográfica y su desenlace, aunque satisfactorio, dejó tras de sí numerosas incógnitas.

 Todo comenzó la tarde-noche del sábado 2 de septiembre de 1950. Un grupo de gente que estaba en torno a las vías del tren en las Caldas, vio a lo lejos lo que parecía una niña, con ropas raídas y desaliñadas. En un primer momento la figura intento huir, pero intuyendo que necesitaba ayuda la siguieron hasta conseguir detenerla. La primera sorpresa, fue su aspecto totalmente desaliñado, y la comprobación que no era una niña, sino un chico con el pelo tan largo que le llegaba a la cintura. Iba descalzo y vestía una camisola tan deteriorada por el tiempo que a duras penas le cubría el cuerpo.

 En un primer momento se hizo cargo del niño Carmen la guardesa de las obras del ferrocarril, quien le proporciono ropa y comida. Al mismo tiempo se avisaba a las autoridades, que llegaron con la idea de trasladarlo al asilo de la Barrera, mientras se realizaban averiguaciones.

Durante el tiempo que permaneció con Carmen, el joven fue incapaz de articular palabra alguna; solo emitía gritos y sonidos guturales que recordaban a los de un animal. Una vez ingresado en el asilo, y tras comprobar que no mostraba signos de agresividad, se le permitió interactuar con otros niños. Estos, en un intento por comunicarse, comenzaron a recitar nombres al azar para ver si reaccionaba. Al pronunciar "Javier", creyeron detectar un leve gesto de asentimiento, por lo que se asumió que ese era su nombre.

Esa estancia en el centro, fue muy breve, ya que el chico en cuanto pudo se escapó. Tal vez tantas miradas y preguntas fueran excesivas para alguien que aparentaba llevar viviendo tanto tiempo en soledad.

El niño jugando con un reloj en el asilo de la barrera.

Rápidamente las fuerzas locales se dispusieron en su busca, pero de nuevo fue una casualidad la que facilito encontrarlo. Entre dos vagones de la estación, un operario del ferrocarril lo encontró al día siguiente y nuevamente volvió a recluirse en el asilo de la barrera. Comenzaba así la labor de intentar identificarlo y explicar que había sucedido. No existía en los alrededores de la ciudad ningún reporte de desaparición que coincidiera con sus características, lo que sugería que el joven podría haber estado vagando por los montes durante más de un año.

 Pasado un mes de estancia en el asilo de la barrera casi se podía decir que estaba integrado, eso sí, pasando por alto otras dos fugas y otros tantos intentos fallidos. El principal problema era la comunicación, ya que prácticamente no pronunciaba palabras. Se le notaba interés y ganas de hablar, pero su vocabulario se reducía a una docena de palabras que repetía al escucharlas. Un detalle que fue decisivo: en algunos momentos usó palabras más habituales en Portugal que aquí, como bola por pelota, o carro por coche….

Eso sumado a la falta de posibles casos de huida o desaparición en el entorno, obligó a ampliar el radio de acción, para encontrar su origen. Uno a uno se fueron descartando los posibles casos de desaparición en la provincia, Al final se pensó en un posible deambular del muchacho desde algún lugar mucho más lejano. A esa teoría se sumaba la tendencia del chico a esconderse en la zona del ferrocarril, lo que hacia pensar en una cierta familiaridad.  En esa tesitura las autoridades decidieron realizar unas fotografías y circularlas por la prensa del norte de Portugal.

«Encontra-se num asilo de Orense ( Espanha) um menor que aparenta 14 ou15 anos, de cabelo castanho e olhos claros. Que naquela cidade foi encontrado abandonado próximo da estaçao do caminho de ferro. No dia 1 de setembro do ano corrente.»


 Foto publicada en los diarios portugueses para facilitar su identificación.

© Biblioteca Pública de Braga – Universidade do Minho

No fue de manera inmediata, pero afortunadamente a finales de noviembre una señora portuguesa de la zona de Vila Real, se ponía en contacto con las autoridades para que la ayudaran a recuperar a su hijo al que había identificado en la foto publicada. La alegría fue inmensa dado que desde el mes de abril en que había desaparecido mientras jugaba con otros niños en el pueblo de Valpaços, ya se le había dado por muerto.

Final feliz para una historia que guarda muchas preguntas sin respuesta. A pesar de que he intentado averiguar que fue de ese niño, no he conseguido ningún tipo de información, cierto es que para su total reintegración en la sociedad, buscar la confidencialidad es lo mejor que se puede hacer.

Lo que sí se puede descartar es la mayoría de especulaciones iniciales de la historia que hablaban de un trágico accidente en el que fallecían sus padres, o de malos tratos que le llevaron a escapar al monte, incluso se le suponía testigo de un violento crimen en los montes portugueses. Cierto es solamente que ese muchacho de tan solo 12 años tuvo que afrontar una experiencia durísima, pero que su fortaleza de espíritu le permitió resistir un viaje de mas de 100 km entre Valpaços y Ourense, en el que seguramente se enfrentó a peligros impropios para su edad, además de ser capaz de alimentarse por sí mismo. Me gustaría saber que fue con el tiempo de ese muchacho que probablemente aun siga vivo hoy; tendría, si no me equivoco 88 años, y uno de sus apellidos seria Rey….


Mi agradecimiento a don José Paulo Azevedo da Silva, de la biblioteca pública de Braga por su colaboración.