Fotos José Suarez 1934 para el diario Ahora
Pasado …. y futuro de las ferias
Hace ya
tiempo que mi calendario personal no se detiene obligatoriamente en el campo de
la feria los días 7 ni 17. La última vez que me acerqué por allí, os confieso
que, al margen de cumplir con el rito sagrado de comer el típico pulpo, poco
más se podía hacer. Recuerdo incluso que acabé aprovechando el paseo para
echarle un vistazo a los vehículos del parque de bomberos. Lo del entorno de la
Plaza de Abastos es otra historia; aunque se mantiene el bullicio, ya no es, ni
de lejos, la feria que vivieron nuestros abuelos. Aquellos encuentros donde las
transacciones importantes se cerraban entre apretones de manos por animales o
productos del campo han dado paso a mercadillos de ropa, alguna herramienta
despistada, plantas y el clásico puesto de "semi-antigüedades" que
tanto nos gusta rebuscar. A veces pienso en acercarme a la Plaza de la Trinidad
para ver si aún queda algún rescoldo de aquella actividad antigua, pero no me
atrevo... quizás por miedo a que el silencio sea la única respuesta.
Lo cierto es
que no podemos pretender que algo que nació como una necesidad vital en los
tiempos más remotos siga siendo hoy igual de viable. Las ferias no eran solo
comercio; eran el punto de encuentro de vecinos que vivían y trabajaban en pequeñas
aldeas, muchas veces aisladas por el barro. Acudían con un esfuerzo que hoy nos
costaría imaginar para surtirse de lo básico. Pero el mundo gira: primero
llegaron los almacenes, luego las grandes superficies y hoy el comercio
electrónico se va adueñando de nuestros hábitos de compra y nos trae la feria
al salón de casa. Una evolución que, suponemos, busca la mejora, ¡habrá que
esperar a que el tiempo dicte su sentencia definitiva!
Me asaltan
estos pensamientos porque, buscando información sobre el gran fotógrafo José
Suárez, quien por fin disfruta últimamente de un merecido reconocimiento,
me topé con un texto de Ángel Pumarega publicado en el diario Ahora.
No os frotéis los ojos: el artículo es del año 1934. Yo siempre había
guardado la imagen romántica de que, en aquella década, las ferias eran el
motor imprescindible de Galicia, y resulta que Pumarega ya nos hablaba de su
declive, de su "muerte" lenta pero inexorable.
Aquel
artículo de 1934, titulado "Esplendor y muerte de la feria
gallega", cobraba una dimensión casi mágica gracias a las fotografías
de José Suárez. La cámara de Suárez no buscaba la postal idílica, sino la
verdad cruda de Allariz. Cuando Pumarega le preguntaba: —Amigo Suárez, ¿cómo
están tan tristes estas gentes de la feria?—, el fotógrafo, con su máquina
al hombro, le explicaba la pesadumbre que veía en cada rostro. Eran campesinos
inmóviles junto a sus bestias y carros, sin vender nada, víctimas de
complicaciones ajenas que no alcanzaban a comprender.
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| Fotografia José Suarez |
Dejadme que recupere parte de este texto, tan representativo de aquellos
días:
En 1907 vino de América mi tío
Cornelio. Yo tenía diez años y vivía con mis padres en las Cuatro Caminos.
Grandes descampados y vertederos de basuras. Formidables pedreas de bandas
infantiles. Noches temerosas con fantasmas de barrio envueltos en sábanas.
Domingos de gran alborozo con los puestos de torreznos y de fritadas en la
calle de Bravo Murillo. Recuerdos espeluznantes del hundimiento del Depósito.
La escuela, las "novillos" y las sangrientas descalabraduras en la
cabeza.
—Dejadme al chico para llevarlo a
América —dijo mi tío—. Allí está su porvenir.
América era aún la gran ilusión.
Sobre todo para los nacidos en Galicia. Partí con mi tío y nos detuvimos un mes
en el hogar de la familia: la aldea de San Martiño do Real, cerca de Samos,
provincia de Lugo.
Allí conocí la feria gallega. No
recuerdo si fue la de Castroverde. Y ahora, delante de estas fotografías
magníficas que muestran a todos la tristeza actual de la feria gallega, me
acuerdo de la alegría ruidosa de aquella feria de 1907, a la que me llevaron
mis parientes, dándome de comer el tradicional pulpo frito en grandes calderas
de aceite hirviendo, servido en amplios platos de barro y haciéndome probar por
vez primera el goloso anís dulce…..
Durante
décadas, Galicia se desangró y se enriqueció al mismo tiempo a través del
puerto de Buenos Aires. El proceso era familiar para todos: primero se iba el
padre o el hermano mayor; luego se mandaban los giros para pagar deudas,
rescatar tierras y, finalmente, traerse al resto de la familia. Esas cartas que
llegaban cada mes con la promesa de "compraremos el campo de tal"
sembraban un optimismo que florecía en los días de feria. El dinero de los
"indianos" circulaba con una energía heroica. En esos años de
esplendor, la feria era el escenario donde se lucían los nuevos aperos, las
mejores bestias y las ropas recién compradas.
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Fotografia José Suarez
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Sin embargo,
para 1934, ese río de plata se había secado. Pumarega y Suárez retrataron el
final de una era. De América ya no llegaba nada y la crisis golpeaba los
hogares gallegos. Los cobertizos de comida, antes llenos de humo y risas,
estaban casi desiertos. "¡Cuántos presuntos vendedores volvieron a sus
casas sin haber vendido nada y hasta sin comer!", lamentaba el
periodista. La feria, que había sido el termómetro de la prosperidad agraria,
marcaba ahora una fiebre de resignación y cansancio.
Los que nos
cuentan que se resistían a abandonar la feria eran los ciegos de los romances,
los pícaros y los truhanes. Ellos encontraban en esa reunión su mejor y, en
muchos casos, única fuente de ingresos. Seguro que hoy, aun en el remedo de
feria que tenemos, no falta algún carterista que con más o menos habilidad
intenta birlar una cartera al despistado paseante.
Y hablando
de carteras, todavía hoy es posible ver en esos días de feria y lluvia a algún
paisano —yo mismo lo hago a veces— con el paraguas de tela remendada sujeto al
cuello de la chaqueta con el fin de llevar las manos libres. Me acuerdo ahora
de uno de los cuentos del entrañable Ernesto Ferro, que aseguraba que
precisamente esa costumbre no era para facilitar el trabajo, sino para no tener
que sacar la mano del bolsillo donde guardaba el dinero. El paisano podía
parecer tonto, pero... ¡la retranca orensana siempre iba un paso por delante!
Al leer a
Pumarega y observar las sombras y luces de José Suárez, uno se da cuenta de que
la nostalgia no es algo nuevo. En 1934 ya se echaba de menos 1907. Hoy, en
2026, yo echo de menos esa cercanía que, a pesar de las penurias de la época,
unía a las personas en torno a una mesa de madera con manchas de vino tinto.
La evolución
es inevitable. No podemos pedirle a la sociedad de la fibra óptica que comercie
igual que la del carro de vacas. Pero sí podemos aprender de esa "energía
silenciosa" de nuestros antepasados. Las ferias de hoy son distintas,
quizás más descafeinadas, pero guardan en su ADN ese espíritu de comunidad.
A veces,
cuando paso por el Couto y veo edificios que guardan tanta historia social, o
cuando releo estos artículos antiguos, siento que mi labor es simplemente esa:
recuperar estos textos, estas miradas de Suárez, y ponerlas ante vuestros ojos
para que no olvidemos de dónde venimos. Porque la feria puede estar en declive,
pero nuestra memoria no debe estarlo.
Seguiremos
buscando esas "alegrías ruidosas" entre los papeles viejos y las
fotografías de plata, intentando comprender si este camino de progreso nos
lleva realmente a un lugar mejor o si, como aquel niño que se embriagó con anís
dulce en Castroverde, solo estamos dando vueltas en un sueño envuelto en una
vaga neblina. Mientras tanto, nos vemos en la próxima feria, aunque solo sea
para compartir un plato de pulpo...
Si podéis, os aconsejo leer el texto
de Pumarega y ver el resto de fotos de Suárez de la feria alaricana; ellos lo
expresaron mejor que yo, sin duda.
(Diario
Ahora, 4 de enero de 1934).