Consejos y avisos

25/9/26

Crónica negra Ourensana. El Evaristo, una vida....

 En la imagen se le ve sereno, casi indiferente, como si aquello fuera apenas un contratiempo más en una vida acostumbrada a los tropiezos. Y al "niño" que detuvieron con el se le ve incluso sonriente, como si estuviera orgulloso de ser detenido junto a un delincuente de "nivel".

Cronica negra, El Evaristo, una vida…

         Crecer fuera del ambiente familiar es, sin duda, un hándicap para cualquier joven, y puede llevarlo a tomar decisiones erróneas, como le ocurrió al protagonista de esta historia. Aunque ya os anticipo que muchos, como él, que vivieron su infancia en el hospicio consiguieron llevar después una vida plenamente normal.

Evaristo Iglesias, nada más nacer, fue entregado en el hospicio ourensano. Hoy posiblemente se investigaría para conocer su origen, pero en los años treinta era perfectamente legal entregar a un niño; lo ilegal era abortar. El hospicio era un mundo aparte, un espacio donde la infancia transcurría entre muros grises, rutinas estrictas y la ausencia de ese calor que solo una familia puede dar. Los niños aprendían a valerse por sí mismos desde muy pequeños, porque nadie lo haría por ellos. Durante sus primeros seis o siete años recibían educación y alimentación promovidas por obras de caridad y ayudas públicas, aunque las condiciones no eran precisamente las mejores.

Al cumplir los siete años se les empezaba a buscar un medio de vida. La mayoría entraban como aprendices en algún taller, aunque también existía la opción de hacerse "mozo de cuerda": esperar en la estación, en el entorno de los hoteles o en algún comercio a que alguien necesitara ayuda para transportar equipajes o mercancías. Esa fue la salida elegida para Evaristo. 

No era un trabajo fácil, pero para un rapaz fuerte como Evaristo se pensaba que sería la mejor opción. Durante aproximadamente un año se dedicó a ello, aunque no tardó en darse cuenta de que el esfuerzo era mucho y el beneficio más bien escaso, así que comenzó a explorar otras alternativas bastante más lucrativas, aunque también mucho más peligrosas.

Algunos mozos, con algo más de suerte o quizás con mejor carácter, conseguían trabajo estable en algún negocio y lograban llevar una vida más ordenada. Evaristo, sin embargo, no fue uno de ellos.

El robo de gallinas en el populoso barrio del Puente Mayor fue una de esas nuevas actividades. No puedo confirmar cuánto tiempo se dedicó a semejante "oficio", pero sí sabemos que en 1931, cuando cumplió diecisiete años, fue detenido como cabecilla de una pequeña cuadrilla de rateros, tras una noche en la que habían robado más de once gallinas. Ese fue el comienzo de una vida que no podría tener buen final. Tras su detención, le fue retirado el permiso necesario para ejercer como mozo de cuerda y tuvo que buscarse la vida de otro modo. En la ciudad ya era conocido y decidió cambiar de aires.

Los buscó en la zona de Manzaneda, Trives y alrededores. Allí subió el nivel: no dudaba en entrar en viviendas o negocios para despojarlos de cuanto había dentro, incluso con los propietarios presentes, a quienes amedrentaba y golpeaba si lo consideraba necesario. Ese mismo año ingresaba por segunda vez en prisión, en este caso en la de Trives, por un robo cometido en A Teixeira. Fue escalando así la pendiente de la delincuencia. Ya no tenía inconveniente en robar incluso en dependencias municipales: el juzgado de Montederramo fue el escogido para llevarse una máquina de escribir, dinero en efectivo y una escopeta. Ahora ya estaba armado.

El siguiente paso fue unirse a un grupo de vagos y maleantes asentados en el entorno de Maceda. Durante un tiempo sembraron el terror en los caminos que circundaban la villa. Las gentes de aquellos pueblos aprendieron a cerrar bien las puertas al anochecer y a desconfiar de los desconocidos que se acercaban pidiendo cobijo o trabajo. El nombre de Evaristo comenzaba a circular de boca en boca, siempre asociado al miedo. No se podía presagiar un final feliz, y poco después llegó el momento más grave de su biografía.

Ya se había hecho con una pistola y, de hecho, la policía que le seguía la pista lo consideraba un "pistolero" al más puro estilo de un gánster americano. Se encontraba en Silleda cuando escuchó una conversación que le hizo ver una buena oportunidad: un empresario con su chófer se dirigía hacia Ourense por negocios. Evaristo dedujo rápidamente que llevaría dinero encima y buscó la manera de conseguir que lo llevaran hasta O Carballiño, que era una de las paradas previstas por el empresario. Durante el viaje fue ganándose la confianza de su víctima y, con la excusa de venderle patata a buen precio, logró que se desviara hacia Listanco, donde lo mató, le robó más de novecientas pesetas y huyó con el automóvil. Al menos no acabó con la vida del chófer.

Aquel crimen marcó un punto de no retorno. Ya no era un ladrón de poca monta ni un delincuente de caminos: era un asesino. Y, sin embargo, Evaristo no pareció inmutarse demasiado. Quizás llevaba demasiados años endureciéndose, demasiados años sobreviviendo en un mundo que nunca le había dado nada.

Ese fue el más grave de sus crímenes, aunque ya había herido gravemente a otra víctima con anterioridad. Conviene recordar que, antes de estos últimos delitos, cumplía condena de seis años por un delito cometido en Trives. Consiguió escapar, y fue entonces cuando se desencadenó toda esta barbarie.

Con el botín del asesinato buscó refugio en Vigo, pero en lugar de intentar pasar desapercibido comenzó a organizar un grupo de criminales con los que tenía intención de atracar un banco y una de las joyerías más prestigiosas de la ciudad. Vigo era entonces una ciudad en plena efervescencia, portuaria y comercial, con suficiente movimiento de dinero como para tentar a cualquiera. Evaristo creyó que allí podría desaparecer entre la multitud y, al mismo tiempo, dar el golpe definitivo que lo pusiera a salvo para siempre.

José Peréz Ávila en los 90..

Por fortuna, el agente de policía encargado de seguir sus pasos, Sr. Carril, empezó a obtener resultados. Detuvo a dos de los integrantes de la banda y, con la información obtenida, logró finalmente la detención de Evaristo en la calle de la Herrería de Vigo. De ese momento es la primera fotografía que os muestro, en la que posa junto a otro delincuente también ourensano. La labor de este policía es digna de encomio, ya que después de ese éxito no cejo en su objetivo y días después conseguía la detención del resto de la banda. 

La pena solicitada para Evaristo era la capital, la pena de muerte. Sin embargo, el saber hacer de uno de los mejores abogados que ha tenido Ourense, José Pérez Ávila, consiguió que la condena quedara en treinta y siete años de prisión. Una pena que, doy por hecho, cumplió en la cárcel ourensana, a la que habría que sumar el resto de condenas pendientes.

Toda una vida, perdida entre rejas. La historia de Evaristo no es la de un villano de novela, sino la de un hombre al que nadie enseñó a elegir bien, y que tampoco supo encontrar solo el camino correcto. Una historia triste, como tantas otras que se escribieron en aquellos años duros, y que conviene no olvidar.

24/9/26

1934 accidente ferroviario en Ribadavia

  Los sistemas de seguridad no eran, ni de lejos, los actuales y, sin duda, las velocidades eran de "cámara lenta"; pero los trenes en los años treinta eran, posiblemente, la mejor opción para los desplazamientos de larga distancia.

Aunque claro, también existían riesgos. A pesar de que el periódico, como veis, manifestaba que ambos trenes iban a gran velocidad, el resultado fue de tan solo cinco heridos leves. Tal vez el hecho de que los trenes tuvieran unas estructuras tan robustas —casi pétreas— colaboró a que no fuera una tragedia. Fue en Ribadavia, en el año 1934... ¡Ya llovió!

23/9/26

La partida...


 No recuerdo el tiempo que hace que no juego una partida. No es que fuera yo un forofo del tema, pero sí que hubo dos épocas en las que pasaba el rato con el naipe.

La primera me pilló muy joven, no tendría más de 14 o 15 años, en el Fornos de la calle Doctor Marañón (donde hoy hay un restaurante chino). Allí descansábamos de los interminables partidos de fútbol que jugábamos, a veces, en medio de la calle; y, para no estar ociosos, echábamos una partida mientras bebíamos una gaseosa. Eran lujos de otro tiempo. En más de una ocasión he pensado en escribir sobre doña Carmen, la dueña, y Manolo, el encargado, pero no tengo ninguna fotografía ni de ellos ni del local.

La otra etapa ya fue con 19 o 20 años (y alguno más). En esa ocasión, la parte de arriba del Alaska, en el Parque, se convirtió en nuestro lugar de ocio de primera hora de la tarde y de la primera copa de la noche. No es que fueran partidas de aquellas que llamaban "los prohibidos"; en nuestro caso, era más que nada pasar el rato y ganarle el café o la copa al incauto que se atrevía a sentarse delante del "tahúr" de Martín. Yo, la verdad, era más un apoyo que un puntal.

Pero no es de mí de quien quiero hablar, sino de estos señores que veis en la fotografía que me presta Moncho da Barra. Se tomó a mediados de los años sesenta en El Coralín, el mítico bar-restaurante que frecuentaba la alta sociedad ourensana. Como veis, no se escondían, o sea que hacían lo mismo que yo: jugarse unos cafés y poco más. El caso es que asegura Moncho que en la mesa estaban algunos de los más conocidos comerciantes del centro de Ourense. Estos son los datos con los que cree documentar la fotografía, pero la memoria, según dice, le juega malas pasadas... ¡Qué me va a decir a mí!

En la foto está Aurelio Domínguez, el primer taxista que hubo en la parada del Parque (abuelo de Moncho), y con él jugaban el dueño de El Faro (padre de Adolfo Domínguez), el dueño de la Perfumería Carita, ¿Novedades Carlos?, la panadería ¿El Cartao?, El Bodegón y, me dice también, un negocio que no consigo situar en Ourense: Muebles Finisterre. ¿No sería, tal vez, El Palacio del Mueble?

A ver si me echáis una mano y me decís quién es cada uno, que sé que alguno de vosotros seguro que los conoce. ¿Verdad, Amador?

22/9/26

Barreiros su exposición en el Paseo

 

No sé exactamente de qué año es la foto, pero me atrevería a situarla a finales de los cincuenta o comienzos de los sesenta.

 Creo recordar ese negocio en la esquina que hoy ocupa Cortefiel, aunque tengo dudas de si en mi infancia la marca que se vendía allí era ya Chrysler o Talbot. Hoy en día, ninguna marca de coches se plantearía abrir en un local tan céntrico, pero don Eduardo era un innovador y lo hizo. Después, que yo recuerde, también la Renault de Argones abrió en Juan XXIII (no hace demasiados años que cerró), e incluso recuerdo una marca de tractores en otro local de la calle del Paseo (hablo de memoria, pero creo que era Marcial Vázquez Crespo...).

De Eduardo Barreiros no voy a contaros nada nuevo; ya sabemos que fue uno de los ourensanos que puso nuestra ciudad en el mapa y que, si hubiera tenido más apoyos estatales, ¿quién sabe qué habría logrado? No me atrevo a vaticinar hasta dónde habría llegado, pero lo cierto es que, con sus propios medios y conocimientos, construyó la mayor fábrica de automoción del país.

21/9/26

Nacia un barrio... Covadonga

En los años sesenta el gobierno inició un plan de vivienda que buscaba solucionar uno de los principales problemas de los españoles. En Ourense ciudad se solapó con el plan de la Caja de Ahorros de construir viviendas de precios ajustados, y surgieron urbanizaciones por todos los barrios. Hoy os muestro los comienzos de Covadonga.

El emplazamiento seleccionado era un lugar vistoso, con la entidad y el entorno idóneos para albergar un pazo señorial —el cual ya existía y se conserva en la actualidad—. Aunque inicialmente no se encontraba en el centro neurálgico de la ciudad, un factor de aislamiento que, con la planificación adecuada y voluntad política, tenía solución (que buena falta hacía).

Las imágenes de la época inmortalizaron el inicio de las obras de edificación de estos primeros bloques. Este proyecto técnico daría origen a una trama urbana con una sugerente identidad, bautizando sus primeras vías con los nombres de Saturno, Mercurio, Urano, Júpiter, Cibeles y Juno. Nunca entenderé por qué, pudiendo honrar a tantos ciudadanos o lugares autóctonos, se buscan este tipo de opciones para nuestras calles... La mitología está muy bien, y de hecho se ha utilizado para nombrar algo tan universal como el sistema planetario, pero para una calle, algo más próximo sería lo ideal, ¡digo yo! Que uno sale de casa a comprar el pan y parece que va camino del espacio.