Consejos y avisos

14/9/26

El San Lazaro en el parque...

         Algún día, los entendidos posiblemente hagan un estudio de todos los traslados de edificios, fuentes, estatuas y demás elementos urbanos que se han movido en esta ciudad.

No he conseguido justificar ninguno de ellos; si acaso, el traslado del puente de Pelamios para evitar su pérdida, aunque viendo cuál parece ser su final, tampoco se justifica mucho. Habrá quien diga que la iglesia de los Franciscanos mejoró enormemente con el traslado y, sí, en su ubicación en el parque es mucho más visible que en su emplazamiento original, pero seguramente los vecinos de la zona alta de la ciudad echan en falta, en más de una ocasión, tener servicios religiosos cerca.

Hoy, con la ayuda de la IA, he mejorado esta fotografía que nos permite ver otra de las capillas que se desplazaron. En este caso, debemos estar contentos, porque la operación de traslado no fue precisamente un ejemplo de eficacia y sentido común: aunque se desmontó con rapidez y se suponía que se iba a erigir de nuevo en Peliquín, alguien se olvidó de dotar la operación de presupuesto. Todas las piedras desmontadas estuvieron abandonadas durante muchos años, lo que llevó a la desaparición de un buen número de piezas que los vecinos utilizaron para cierres y hornos. Al final se recuperó y hoy se puede disfrutar de ella en todo su esplendor en ese barrio ourensano que, en mi opinión, tiene un gran encanto; es de las zonas en las que aún se respira "vecindad".



 

11/9/26

Fotografos de cajón y de calle

  


Oficios del pasado

Fotógrafos de cajón “Minuteros” y “leiquistas”

Hoy en día, con el móvil siempre en el bolsillo y la cámara a un toque de distancia, es fácil olvidar lo que significó en su momento capturar una imagen. Hacer una fotografía era, no hace tanto, un acontecimiento.

La historia de la fotografía arranca con máquinas complejas y costosas que ponían este arte fuera del alcance de la mayoría. Las primeras fotografías eran retratos de estudio, encargados por familias adineradas que podían permitirse semejante lujo. El proceso era lento, caro y técnicamente exigente: requería equipos voluminosos, tiempos de exposición prolongados y conocimientos que estaban al alcance de muy pocos. Aquello era, en suma, un privilegio de pocos.

Fue a comienzos del siglo XX cuando una nueva figura empezó a democratizar el oficio: los fotógrafos "minuteros", conocidos entonces como fotógrafos "de cajón". El nombre lo decía todo: trabajaban con un cajón en el que manipulaban negativos y líquidos químicos, protegiendo el proceso de la luz. Era un sistema ingenioso que permitía revelar la fotografía en el acto, ante los ojos del cliente, sin necesidad de un laboratorio fijo. La clave del negocio estaba en conseguir el mejor objetivo posible, ya que, que se sepa, no existieron fabricantes de este tipo de máquinas como tales, sino únicamente de las ópticas que las equipaban.

Ourense, como no podía ser de otra manera, tuvo los suyos. Aunque las referencias documentales son escasas —eran en su mayoría trabajadores ambulantes que no dejaban demasiado rastro en los archivos—, la ciudad contaba con su presencia habitual. La fotografía de cabecera que acompaña este artículo resulta elocuente: en la plaza Mayor convivían dos fotógrafos en perfecta armonía, integrados en el bullicio cotidiano junto a los puestos del mercado que aún se instalaban allí, frente al ir y venir de la Casa do Concello. Eran un negocio más entre los demás, tan natural como el puesto del verdulero o el del afilador. Los días de fiesta, su lugar preferido era la Alameda, donde se apostaban en puntos estratégicos a la espera de clientes.

Con el tiempo, algunos de aquellos ambulantes echaron raíces. Apellidos como Mazaira o Sanjurjo levantaron sus laboratorios en las barracas de la Alameda y dieron el salto a un trabajo más elaborado: ya no bastaba con un retrato sencillo. Pusieron de moda los paños de fondo —unos serios, otros desenfadados, otros de corte romántico—, y completaron la oferta con atrezo: el caballito de madera, la gorra de marinero, el traje de torero... Pequeños detalles que convertían un retrato en una pequeña puesta en escena. En muchos álbumes familiares ourensanos se conservan auténticas joyas de este estilo, imágenes que hoy nos hablan de una época con una elocuencia que ningún texto podría igualar.

Un momento decisivo para la profesión llegó en la década de los cuarenta, cuando la implantación generalizada del documento nacional de identidad impuso la fotografía de carnet para todos los españoles. La demanda se disparó y el número de fotógrafos creció de forma exponencial. Muchos pudieron rentabilizar el negocio lo suficiente como para establecerse en locales fijos más cómodos. En paralelo, el Ayuntamiento de Ourense decidió que las barracas de la Alameda no ofrecían la imagen adecuada para la ciudad y ordenó su retirada. Aun así, profesionales como Manuela Saburido, esposa de Mazaira, siguieron trabajando al aire libre durante algún tiempo, con una clientela fiel que la buscaba a ella expresamente. Llegó incluso a desplazarse periódicamente a villas de los alrededores, donde ya la esperaban quienes querían retratarse.

Podría pensarse que, en este nuevo escenario, los fotógrafos habrían abandonado la calle para recluirse definitivamente en sus estudios. Pero la realidad, como casi siempre, desmiente lo previsible.

Al margen de los minuteros "de cajón", que por una combinación de tradición y vocación siguieron presentes durante años en ferias y romerías, tampoco era raro verlos los fines de semana en los parques de la ciudad: O Posío, San Lázaro, la Alameda... La segunda fotografía que acompaña este artículo es un buen testimonio de ello: si os fijáis en la esquina de entrada al parque, veréis una cámara de minutero y al fotógrafo sentado tranquilamente en el banco de piedra, esperando. Era otra época; la capilla de San Lázaro reinaba todavía en el parque sin la presencia de la escultura de Asorey, que aún tardaría en llegar. Una imagen dentro de la imagen, como tantas veces ocurre con las fotografías antiguas.

Y entonces comenzó a aparecer, en calles y lugares de afluencia de público, una nueva variedad de fotógrafo callejero: los "leiquistas". El nombre, poco agraciado, venía de la marca que más apreciaban por la calidad de sus imágenes y la comodidad de uso. La Leica, con su formato compacto y su óptica excepcional, había revolucionado la fotografía de reportaje en toda Europa, y sus virtudes no tardaron en seducir también a quienes hacían de la calle su estudio. Aunque cualquier cámara de 35 mm servía para el oficio —no todo el mundo podía permitirse una Leica de verdad—, el apodo quedó para todos ellos.


Este capítulo merece un apartado propio, y en él cabe destacar que no fueron solo hombres quienes protagonizaron esta historia. Ya en la etapa anterior encontramos figuras femeninas fundamentales: Manuela Saburido, como hemos visto, fue una de las profesionales más reconocidas de su tiempo. En los primeros estudios fijos de la ciudad también hubo presencia femenina, como Manuela Sanjurjo o Mari Arredondo. Y entre los leiquistas, Cheluca Covelo siguió esa estela con mérito propio. Pero hay una deuda pendiente que conviene señalar: muchas otras mujeres sostuvieron estos negocios desde la oscuridad del laboratorio, revelando negativos, copiando fotografías, tirando del negocio en silencio. Su contribución fue imprescindible, aunque la historia raramente les haya dado el lugar que merecían.

Quedan pues pendientes otros dos artículos: el de las mujeres en la fotografía ourensana y el de los leiquistas, que sin duda darán para mucho. Os adelanto algunos nombres por si queréis ir haciendo memoria: Rizo, Cudeiro, Fernández, Leandro, Ricardo, Conde, Cardoso... Una lista que es, en sí misma, un pequeño homenaje a quienes hicieron de las calles de Ourense su estudio y de sus vecinos, su mejor materia prima. Pero esa es otra historia, y merece contarse con el espacio que le corresponde.

10/9/26

El centro urbano años 30. I.A.

 Pocas fotografías son capaces de mostrar con tanta claridad la importancia de una zona de la ciudad. La imponente presencia del Gran Hotel Roma y los autocares de viajeros ya indicaban que este lugar funcionaba, en aquellos tiempos, como una improvisada estación de autobuses. En ese espacio convivían el «bus-taxi» que el propio hotel ofrecía a sus huéspedes con el pequeño autobus que hacía las veces de urbano; junto a ellos, aguardaban también el coche de Verín, el de O Carballiño...

Si nos fijamos bien, también podemos ver la administración de lotería que, hábilmente, se colocó entre la peluquería del Roma y la entrada principal. ¿Quién se iba a resistir a llevarse la suerte de viaje?

La escena se completa con otros detalles interesantes: la presencia de la central telefónica, los carros de tracción animal y, cómo no, el paisano que transita con su bicicleta en medio de la calle del Progreso. Sin duda, eran los primeros destellos de los tiempos modernos...

9/9/26

La Avda. de Francia I.A.

 Estuve este verano investigando sobre la novedosa y "preocupante" inteligencia artificial; y, viendo lo que es capaz de hacer, mantengo mi opinión: es imprescindible una regulación con penas muy duras para el mal uso. Pero, al mismo tiempo, me rindo ante sus habilidades.

Ya antes del verano os mostré cosas que se podían hacer, como dar vida a fotografías o recuperar imágenes que el paso del tiempo había deteriorado con rayas, manchas, etc. O lo que más me está ayudando en www.ourensenotempo.com: recuperar fotografías publicadas en prensa antigua que prácticamente no tenían valor ninguno porque solamente se veían manchas.

Sin entrar en discusión con quienes dicen rechazar el uso de esta nueva tecnología (aunque tengo sospechas de que la usan a diario en estos y otros formatos, ya que la IA lo mismo te hace una receta de cocina que te redacta un artículo de prensa...), en mis blogs la usaré siempre que lo considere necesario; principalmente, como os digo, para recuperar imágenes que de otra manera se perderían.

Hoy os presento una vista original de la Avda. de Francia. HOY ¡Aquí tenéis la calle Ervedelo en los años 60!

8/9/26

El trafico del puente de hierro


 Los puentes son el verdadero esqueleto de Ourense. Desde el veterano Puente Mayor hasta la pasarela más vanguardista, cada uno nació para dar respuesta a una necesidad vital de nuestra gente.

Esta fotografía, tomada exactamente en 1953, capta un instante de ese pulso diario. Si la miramos con ojos de hoy, que solo veamos tres carros y una bicicleta transitando nos puede parecer poca cosa. Pero hay que hacer el esfuerzo de viajar con la mente a aquellos años: para la época, eso era un movimiento constante, el ritmo real de la vida de entonces.

El plano tiene, además, el valor de los momentos históricos de transición. Se capturó desde el tramo de cemento del nuevo Viaducto que ya estaba concluido ese año, mientras la estructura central todavía peleaba por terminarse (un retraso que pospondría la inauguración oficial unos años más). Aun estando a medio hacer, asomarse desde allí ya permitía vislumbrar una revolución inminente para el comercio y la sociedad ourensana. Esa mole de piedra y hormigón iba a ser el equivalente al AVE de nuestros días: el hachazo definitivo a las distancias que nos separaban del centro de la Península y el motor que aceleró nuestro futuro.