Consejos y avisos

3/4/26

La Granadina. el aroma de la nostalgia

 



Nicolas Remacho Rus y su amigo Pedro Cañedo en la Granadina.

"La Granadina" El Aroma de la Nostalgia:

Nicolás Remacho y su Dulce Legado

Es frecuente que, cuando cierra algún comercio histórico, hagamos un repaso por los que aún resisten. Hoy, si buscamos negocios con verdadera solera, la realidad es que queda muy poco. Desaparecidas ya las armerías de Marcial Feijóo y La Lira, junto a templos del sabor como La Ibense y El Cortijo, hoy debemos refugiarnos en el ramo sanitario para encontrar establecimientos centenarios: La Casa de los Lentes, junto a farmacias como Román, Fábrega o Bouzo, componen esa escasa oferta.

Sin embargo, hay más. Es posible que para incluirlos tengamos que ampliar el rango de años, pero creo que es de justicia mencionar al Pepinillo, El Couto y, por supuesto, a este establecimiento al que rindo homenaje hoy. LA GRANADINA.

            Hay recuerdos que no se guardan oen la vista, sino con el olfato. Para cualquier ourensano que recorriera el Paseo o las inmediaciones de la calle Cardenal Quiroga desde comienzos de los años sesenta, existe una fragancia imborrable que actúa como una máquina del tiempo. Era un perfume denso, dulce y tostado que anunciaba, mucho antes de divisar el mostrador, que estábamos cerca de Don Nicolás Remacho Rus y su inseparable compañera en el arte del azúcar. Hablamos de "La Granadina", aunque para la mayoría de nosotros, aquel rincón de felicidad siempre será recordado simplemente como "La Garrapiñada".

El Ourense de aquella época tenía sus ritos. El paseo dominical, el estreno de las ropas en las fiestas de verano y, por supuesto, la obligada —o evitada— parada en el puesto de Nicolás. Para nuestras madres y abuelas, aquel lugar era a menudo una "zona de peligro". Sabían que, al acercarse a las escaleras de Santa Eufemia, la batalla estaba perdida. Los más pequeños, guiados por un instinto primario que nos hacía ignorar cualquier advertencia, nos sentíamos atraídos como por cantos de sirena hacia aquel despliegue de colores brillantes y aromas embriagadores.

Mientras las autoridades maternas intentaban acelerar el paso para evitar el inminente "conflicto" por el dulce, nosotros ya estábamos hipnotizados. Allí, tras el mostrador, Nicolás operaba con la precisión de un alquimista, adaptándose a las "necesidades" del momento o al ritmo de la demanda de una ciudad que parecía no saciarse nunca de sus creaciones.

    El repertorio de "La Granadina" era un espectáculo para los cinco sentidos. Si Nicolás estaba en plena faena de preparación, el olor de las almendras garrapiñadas (o los cacahuetes, según el día) inundaba la calle. Ver cómo el azúcar se transformaba en esa costra rugosa y crujiente sobre el fruto seco era casi hipnótico. Las almendras se servían en bolsitas de unos 150 gramos, el tamaño justo para que duraran lo que duraba el paseo, aunque rara vez llegaban intactas al cruce siguiente.

Pero el despliegue visual no terminaba ahí. En las bandejas, relucían las famosas manzanas caramelizadas. Eran esferas de un rojo intenso, casi irreales, que desafiaban nuestra capacidad de morder sin pringarnos enteros. Aquellas manzanas, sujetas por su palo de madera, eran el trofeo máximo de cualquier tarde de fiesta. Y junto a ellas, las piruletas y paletas de caramelo rojo, delicias de una simplicidad sublime que hoy parecen haber desaparecido ante la invasión de la golosina industrial.

Sin embargo, si hubo una estrella que marcó la diferencia en "La Granadina", fueron aquellas planchas de caramelo con cacahuetes incrustados. Nicolás las extendía sobre el mostrador y las cortaba "a ojo", con una maestría que solo dan los años de oficio. Eran trozos irregulares, potentes y únicos. Muchos de los que hoy peinamos canas seguimos buscando, sin éxito, ese sabor exacto en las ferias actuales, pero aquel equilibrio entre el tostado del cacahuete y el punto justo del caramelo parece haberse ido con él.

Como bien recordamos, no solo el gusto y el olfato participaban en el ritual. El tacto y el oído jugaban su papel, aunque a veces con consecuencias "trágicas" para nuestra vestimenta. Las manos pequeñas tenían serias dificultades para gestionar aquel manjar pegajoso. El crujido del caramelo al romperse bajo los dientes era música para nuestros oídos, pero el inevitable rastro de azúcar en los dedos terminaba, casi siempre, en el jersey.

¿Quién no recuerda la voz de su madre riñendo mientras intentaba, en vano, limpiar con un pañuelo de tela aquella mancha de caramelo rojo antes de que se secara? "¡Ay, que no se puede ir contigo a ningún lado!", nos decían, mientras nosotros seguíamos saboreando los últimos restos de la almendra, ajenos al drama de la colada.

Hoy, al pasar por esos mismos rincones del Paseo o Santa Eufemia, el aire parece más ligero, menos denso. Falta ese humo dulce que salía del puesto de Don Nicolás. Pero gracias a documentos como estos y a la memoria colectiva de quienes disfrutamos de sus manzanas y sus garrapiñadas, "La Granadina" sigue viva en el catálogo de nostalgias de Ourense no Tempo.

Afortunadamente, el hilo de esta historia no se ha roto del todo. La Granadina continúa abierta y, lo que es más importante, un Remacho, tambien Nicolas. Sigue hoy al frente del negocio, manteniendo viva la llama de una tradición familiar que es ya patrimonio de nuestra ciudad.

Sin embargo, los tiempos han cambiado y, con ellos, las exigencias. Las reglamentaciones actuales, estrictas en sus protocolos, limitan mucho la estampa que recordamos de antaño. Aunque no manejo los datos técnicos, es de suponer que aquellas bandejas de manzanas descubiertas o las planchas de caramelo con cacahuete expuestas directamente sobre el mostrador no encajarían en los estándares de higiene contemporáneos.

Aun así, todavía es posible ver cómo se elaboran con esmero las almendras y cacahuetes garrapiñados, que se empaquetan de manera diligente para el cliente de hoy. Pero, sinceramente, ¿no os gustaría volver a saborear uno de aquellos productos tal y como eran antes?. Personalmente, creo que entraña más peligro el consumo de tantas chucherías actuales, saturadas de conservantes y saborizantes artificiales, que aquella sana y brillante manzana caramelizada que marcaba el paso de nuestros veranos.


La I.A. viene en nuestra ayuda para que podamos ver el mostrador de Don nicolas en pleno esplendor. Hummmmmmmmmm como olia, y como sabia......

1/4/26

Merceria La Violeta...

 ¿Donde?


31/3/26

Fotografías Historicas ,1923

 


    En 1923, con motivo de su nombramiento como arzobispo de Santiago, se tomó una fotografía que se convertiría en una pieza fundamental de la historia gráfica de Ourense. Un dato clave para comprender la relevancia de esta imagen es su fecha histórica: el 28 de marzo de 1923, día en que Manuel Lago González asumió la archidiócesis de Santiago de Compostela.



    Ese mismo año, el 9 de mayo, el reconocido fotógrafo José Pacheco realizó otro retrato emblemático. En esta ocasión, el protagonista fue el inconfundible Benito Fernández Alonso, cronista oficial de la ciudad. De esta obra se conserva, presuntamente, un original en el Archivo Histórico Provincial, y su difusión coincidió con el primer aniversario de su fallecimiento (cabo de año), sirviendo como un sentido homenaje a su figura.

    Finalmente, el 7 de septiembre, todo se disponía para el día grande de la Virgen de los Milagros. El Santuario de Baños de Molgas aguardaba engalanado la llegada de romeros procedentes de todos los rincones de la provincia.

Con esta, sumaban ya tres las fotografías destinadas a escribir un capítulo imborrable en nuestra crónica gráfica.

¿Sabríais decir cuál fue ese hito histórico para la fotografía en Ourense que vincula estas imágenes? ---

30/3/26

Aquel Palmeral 1920

 

Esta fue la portada, en mayo de 1920, de la revista ilustrada Galicia, que se editaba en La Habana.

En sus páginas, nuestros parientes emigrados podían ver cómo progresaba la ciudad para recibirlos a su regreso. Tal vez como un guiño de hermandad hacia ellos, se proyectó este palmeral, un paisaje tan familiar en las tierras de la diáspora.

Durante décadas, fue el escenario de paseos pausados donde, al avanzar, el aire se llenaba con el rumor lejano de la bellísima fuente que presidía el camino. Hoy, por desgracia y tras más de un siglo de historia, el insaciable picudo rojo terminó por destruir lo que era uno de nuestros tesoros botánicos más queridos.

Es cierto que, con este tamaño, casi nadie las recuerda... pero seguro que sabéis perfectamente dónde se encontraban, ¿verdad?"

¿Alguien tiene alguna foto familiar bajo esas palmeras?

1925 mismo lugar.

27/3/26

Gafitas cuatro ojos, capitán de los piojos.

 

El doctor Antonio Vazquez de Parga-Jorge posando con los niños del Orfanato de Osera, a su lado asoma la cabeza su fiel perro.

“Mirando por la vista”

Historia de la oftalmología en Ourense

Quizás el hecho de utilizar gafas desde los tres años me haya hecho valorar el sentido de la vista de manera especial. Admiro y respeto a quienes, con sus conocimientos, me ayudaron a sobrellevar el eterno estigma del "gafotas" o el "gafitas cuatro ojos, capitán de…". Eso, lo llevaba bastante bien; lo que me molestaba de verdad era aquel tapón de goma que me pegaban en el cristal de la gafa (en el ojo “bueno”) para estimular al vago. Con frecuencia, acababa usando el parche para jugar al fútbol.

Pero dejémonos de mis historietas. Hoy quiero recuperar la memoria de los oftalmólogos y ópticos de nuestra Auria, centrándome en un pasado reciente que a muchos nos resultará familiar.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la oftalmología no estaba segregada de la medicina general. Los primeros nombres que aparecen en la prensa Ourensana (El Miño, La Zarpa, La Región) solían ser médicos foráneos, castellanos normalmente que anunciaban su especialidad en enfermedades de los ojos.

No tenían consulta fija en la ciudad; se instalaban durante unos días en hoteles, fondas como el Miño o la fonda Cuanda, (después Roma), o la de la famosa Isidora, donde incluso operaban cataratas y afecciones menores. El primero que he localizado es Emilio Alvarado, quien ya en 1899 se desplazaba regularmente desde Valladolid junto al doctor Adolfo Álvarez. A ellos se sumaron nombres como los doctores Gastaldo (1899), Fructuoso Alonso (1902) o Garrido, Arechaga, Peralba, Catalá y Enríquez en años posteriores.

Anuncios de epoca

De esa etapa no he conseguido localizar ópticas que dispensaran los lentes que en muchos casos se necesitarían, cierto es que seguramente las lupas, los “impertinentes” una lente que sujetabas con la mano, o los célebres Quevedos, dos cristales con un puente que apoyaban en la nariz, fueran las opciones existentes, y eso seguro que en relojerías o joyerías como la de Delage (Paz 32), o la de Sampayo Novoa (Plaza del Hierro) tuvieran solución.  Lo que si está confirmado, era el binomio formado por estos oculistas de paso que confiaban en la pericia de farmacéuticos como Don Juan Romasanta (calle de la Unión 1), o Sánchez Toca (calle de la Paz) en cuya botica se elaboraban las cremas y colirios recetadas por los doctores e incluso se comenzaron a despachar las primeras “gafas de lectura”

 El gran cambio llegó en 1904 con la pionera Casa de los Lentes. Su fundador, Félix Carballo Cid, abrió el local tras su regreso de Cuba en la Plaza Mayor 18, donde hoy su rótulo original sigue siendo un túnel del tiempo. Aunque inicialmente compartía espacio con la platería y las máquinas de escribir, (no he podido confirmar si también ofrecían joyería y relojería), supuso el inicio de la especialización.

El salto definitivo a la modernidad ocurrió en 1967, cuando sus hijos, Manuel y Pacita, abrieron el flamante local de la calle del Paseo. Aquellos escaparates luminosos fueron el símbolo de un Ourense que despertaba, separando definitivamente la figura del "oculista" de la del óptico moderno.. Junto a negocios como la Farmacia Román, la Casa de los Lentes es de los pocos supervivientes que han sabido evolucionar sin perder su esencia.

Avancemos ahora hasta finales de los años veinte para conocer al personaje que tal vez más representativo de esta historia junto a esa óptica centenaria, os hablo del doctor Antonio Vázquez de Parga Jorge

A su llegada a la ciudad desde su Salamanca natal abrió consulta en la calle Progreso 93, (hoy creo que en ese edificio hay un gimnasio o cerca…). Médico del Hospital Provincial desde los años 30, su pericia era conocida en toda la provincia, pero su historia personal es la de un compromiso que fue puesto a prueba de la forma más cruel.

Republicano convencido y presidente de Unión Republicana en 1936, sufrió en carnes propias la fractura de la Guerra Civil. Es memorable su reclusión en la prisión-orfanato del Monasterio de Oseira. Allí, en el "Escorial gallego", su figura cobró una dimensión humana inmensa: la comunidad de monjes lo acogió con tal respeto que incluso permitieron que su perro conviviera con él en el monasterio.

Tras la guerra, y a pesar de las dificultades del régimen, retomó su labor. Su legado lo continuarían sus hijos, Antonio y Rosario, manteniendo el apellido Vázquez de Parga como un referente de la medicina Ourensana hasta la actualidad.

Entre la consulta de Don Antonio y los mostradores de la Casa de los Lentes se dibujó la historia visual de nuestros padres, de nuestros abuelos y la mía propia. Eran tiempos de recetas manuscritas y de los primeros cristales progresivos; tiempos en los que ir "al oculista" transformaba nuestra fisonomía mientras estrenábamos gafas paseando por el Paseo.

A partir de los años 60 y 70, a los herederos de Vázquez de Parga se sumaron profesionales como LosadaIglesias, Balbino o Lorente, consolidando un elenco de especialistas excepcional para nuestra ciudad, que hoy se complementa con clinicas especializadas. Tambien las opticas se multiplicaron con aperturas de grandes profesionales, Gafa de Oro, Varela, incluso el barrio del Couto no hace mucho estreno una optica ….

Mi más sincero agradecimiento a Doña Rosario Vázquez de Parga, por su amistad de tantos años y por su generosa colaboración para reconstruir estas líneas.