Consejos y avisos

16/6/26

Antes de la Torre

 1960 Foto Villar para El Pueblo Gallego 

 Hoy se hace difícil imaginar esta zona de la ciudad sin ver a nuestro "vigilante". En los años sesenta, la calle Curros Enríquez afrontaba su mayor remodelación: la construcción de la Torre.

Desde que el Puente Nuevo —el de hierro— abrió el paso hacia Canedo, comenzó una transformación constante de un espacio que, en su mayoría, estaba vacío. Según mis datos, esa "manzana" que hoy forman la Subdelegación del Gobierno y la Torre solo albergaba una edificación, la que veis a la derecha: la Panificadora Cívico-Militar.

En lo que hoy es el final de Juan XXIII, solo había un camino de tierra que daba acceso a las casas de los temporeros que venían a cuidar las viñas y a realizar la vendimia (terreno que después ocuparía el Club de Tenis). Tampoco existía el edificio del INSS ni los bloques contiguos; desde lo que hoy es la calle Concejo, lo que se veía era un muro de piedra que daba privacidad al llamado Campo de los Maristas.

¡Bufff, ya me metí en otro lío! Los Maristas habían estado en el edificio de la Subdelegación de Defensa y su campo de juegos cruzaba todo el terreno que hoy conocemos como Juan XXIII... ¡Cuánto cambio!


15/6/26

Atletismo en el Loña

 

Sociedad Gimnastica de Pontevedra. Campo Loña 1930


 Deporte y música son, con diferencia, los motivos más habituales para disparar una fotografía; y dentro del deporte, sin duda el fútbol, aunque no es el único: el ciclismo y el atletismo también tenían gran "gancho".

Hoy recupero una de las imágenes que Leopoldo Iglesias obtuvo en el año 1930 durante la exhibición de atletismo que se celebró en el campo  Loña. Lo triste es que, en realidad, ese grupo de atletas que posan para la foto Villar son parte del equipo de la Sociedad Gimnástica Pontevedresa, quienes, con la intención de fomentar este deporte en nuestra provincia, habían venido invitados (y repetirían en las fiestas del Corpus).

La verdad es que no se puede decir que no hubiera afición y atletas en Ourense; lo que no había, o era muy escaso, era el apoyo que estos recibían para entrenar y competir. El campo  Loña, que fue el escenario elegido para la exhibición, no contaba precisamente con las mejores condiciones para la práctica atlética, por no hablar de la imposibilidad de utilizar la instalación más que en ocasiones muy concretas. El fútbol era prioritario.

12/6/26

Se inaugura el Avenida

 La sala en sus primeros tiempos 1948

Cine avenida 1948-1989

Hay recuerdos que se quedan grabados en la piel de una ciudad, y para los ourensanos de varias generaciones, sus cines son de esos que no se olvidan.

En ocasiones la memoria nos juega malas pasadas y tendemos a desordenar el mapa de nuestras salas. Muchos colocan el Cine Mary como algo posterior, pero lo cierto es que se había inaugurado dos años antes. Para cuando nuestro protagonista abrió sus puertas, salas tan míticas como el Xesteira, el Losada o el Principal ya llevaban un buen trecho de ventaja y se habían ganado el corazón del público. Sin embargo, el 11 de septiembre de 1948, un nuevo rótulo se encendió en la calle Curros Enríquez para cerrar el círculo de las grandes salas de la ciudad. Nacía el Cine Avenida.

Aquel día de finales de verano, las páginas del diario La Región no escatimaban en elogios para anunciar el acontecimiento. Lo definían con brevedad: «Fina decoración, magnífica visibilidad, máxima comodidad». Y no mentían. El cine se ubicó en los bajos de una casa robusta, levantada diez años antes, en 1938, por don Patricio Martín. Un hombre bien conocido en la sociedad Ourensana de la época, un fabricante de licores que vio en el negocio del séptimo arte la oportunidad de regalarle a Ourense un local a la altura de las grandes capitales. Aquella apertura no era un estreno más; era la confirmación de que la ciudad entraba de lleno en su particular "época dorada" cinematográfica, un tiempo en el que ir al cine era casi un ritual sagrado.

Para levantar este coliseo, se eligió al arquitecto José Barreiro y la constructora E. Suarez. Al cruzar el umbral, lo primero que llamaba la atención era su innovadora planta única. A diferencia de otros cines de la época, divididos en palcos y plateas que segregaban al público, el Avenida era una sala donde sus 900 butacas ofrecían una visibilidad perfecta te sentaras donde te sentaras.

Unos amplios vestíbulos daban paso a una grandiosa "sala de descanso", que en los primeros años se convirtió en el punto de encuentro indiscutible de las tardes Ourensanas. Era el lugar idóneo para dejarse ver, o tomar algo en su entrañable ambigú, contando incluso con unos servicios amplios y cómodos que eran todo un lujo para la época.

El acceso al patio de butacas se abría a través de tres imponentes puertas de madera tallada. Al cruzarlas, entrabas en la mayor sala de la ciudad, diseñada para deslumbrar. Las molduras del techo, las cúpulas y los dorados de las paredes, creaban una atmósfera ideal. Al frente, la embocadura del escenario, adornada con una greca dorada que ocultaba una iluminación indirecta revolucionaria. En lugar de bombillas, el cine jugaba con los colores: una cálida luz incandescente para los descansos y una luz blanca, que llamaban "luz del día", que brotaba de los frisos para ambientar la sala. ¡lastima que las proyecciones se realizaran a oscuras!!!!.

Llamaba la atención su cubierta metálica que lograba salvar las enormes dimensiones de la sala sin colocar un solo pilar que estorbara la visión, aportando además la tranquilidad de ser completamente incombustible.

En la cabina de proyección se tiró la casa por la ventana con el equipo más avanzado y costoso del momento. Pero el verdadero secreto de su nitidez estaba en la pantalla. Se importó de Norteamérica una pantalla de tela sintética a base de albúmina, conocida popularmente como de "clara de huevo". Su fórmula era un secreto industrial y convirtió al Avenida, muy probablemente, en la única sala de España en ofrecer semejante brillantez. Además, previendo que el cine conviviera con las artes escénicas, se dotó al local de un amplio escenario con camerinos preparados para albergar grandes obras de teatro y variedades. 

El broche de oro decorativo lo puso el artista pontevedrés Agustín Portela padre del arquitecto Cesar Portela con dos grandiosos cuadros que custodiaban la sala. En ellos retrató a dos parejas decimonónicas vestidas con elegancia. Allí plantados, con la alegría de sus colores, recibiendo a los espectadores con una cortesía antigua mientras veían pasar las cintas por la pantalla sin asombrarse demasiado de la magia del siglo XX.

El debut oficial de la pantalla llegó con la proyección de Águila Negra, una película de 1946, dato que resulta llamativo en esa inauguración, habrá que indagar por si existió algún motivo que llevara a su elección.. Tal vez en ese día de la inauguración lo menos importante fuera la película, el protagonismo correspondía a la sala y los afortunados que ocuparon las 900 butacas aquella tarde de inauguración, estaban más pendientes del entorno y el típico ver y ser visto que de la cinta.

 Después ya fueron un sinfín de estrenos de cine, actuaciones musicales organizadas por la Sociedad Filarmónica Orensanas: orquesta de cámara de Milán, Orquesta de Bilbao, Orquesta de cámara de Wiesbaden…. El ateneo Jurídico también aprovechaba el aforo para sus conferencias, y un buen numero de artistas del mundo de la canción y del teatro alabaron sus condiciones de acústica, incluso llego a poderse escuchar opera y disfrutar de ballet clásico, disciplinas en las que nuestra ciudad no fue demasiado prodiga.

Una de las esquinas más transitadas de la ciudad era donde se veían las carteleras del Avenida

Y como detalles recordar que el propietario tenia acceso desde su domicilio a un privilegiado palco en lo mejorcito de la sala, y no olvidar las carteleras que en la esquina del paseo con Alejandro Outeiriño, recordaban las películas o actos que se podrían disfrutar en la sala

Al final fueron mas de 40 años de vida. A finales de los años 80, el Avenida apagó definitivamente sus proyectores. Desapareció para dejar paso a una nueva generación de salas de aforo pequeño, esos mini cines comerciales que, aunque traían mejores medios técnicos y sonido envolvente, carecían por completo del alma, el encanto y la grandiosidad de las viejas y queridas salas de proyección.

Tras su cierre, el edificio sufrió el destino de tantos otros templos de la cultura popular. El local acaba de ser vaciado, los dorados y las pinturas pasaron a la historia, y hoy en día el espacio que ocupaba la platea se ha reconvertido en una tienda de deportes. Ya no hay aplausos ni miradas fijas en la penumbra, pero al pasar por Curros Enríquez, es imposible no mirar de reojo el bajo y recordar que allí, durante unas horas, fuimos capaces de viajar a otros mundos a través de una pantalla de clara de huevo.

11/6/26

Los musicos de los años 20

 

Examenes del "conservatorio" de ourense, que a pesar de no ser oficiales contaban con la presencia de las autoridades.

 "Diciembre de 1927: se celebraban en Ourense los exámenes de aptitud de los jóvenes alumnos. Sin embargo, no se trataba de las pruebas de un conservatorio; para eso habría que esperar todavía más de veinte años.

Desde la época de Fernández Bordas, quien con su habilidad y conocimientos encandilaba a todo el país, se desarrolló en Ourense una gran afición por la música culta. Pese a ello, no se conseguía establecer un conservatorio de enseñanza reglada que diera satisfacción a esa demanda. Se comenzó creando una escuela en Santiago, pero de enseñanza no oficial; ese privilegio quedaba reservado al Conservatorio Nacional de Madrid. Es en este último donde cuentan que el genial Bordas, en un concurso, fue merecedor del primer premio, pero tuvo que conformarse con el segundo por cuestiones técnicas: el galardón conllevaba el grado de maestro y, para un niño de tan solo doce años, no se contemplaba la posibilidad de otorgarle tal distinción.

De todas maneras, aunque no fuera una institución reglada, Ourense dispuso —mucho antes de la llegada del centro oficial— de una escuela de música por medio de su Orfeón Unión Orensano. Allí, los interesados podían formarse con la intención de perfeccionar su técnica y, eventualmente, marchar a Madrid para continuar la carrera. De no ser así, siempre conservaban la opción de ejercer de manera no profesional en la ciudad, donde en aquella época aún existían prometedoras opciones de futuro."

10/6/26

El EVACUATORIO del la alameda

 Fotografía Pueblo Gallego, Villar foto

"El 22 de diciembre de 1929 se anunciaba, como una gran novedad, la construcción de un 'evacuatorio' subterráneo en los jardines de Obispo Cesáreo. No dispongo de demasiada información sobre este tipo de construcciones ya que, a pesar de su indudable utilidad y del desvelo diario de sus cuidadores, no gozaban de buena fama. En algunos casos se criticaba la falta de higiene y, en otros, se decía que servían de punto de reunión para maleantes que, aprovechando el momento de indefensión de los usuarios, les ayudaban a 'aligerar' los bolsillos.

Permitidme que no entre en detalles escabrosos. Lo que sí me resulta curioso es que, habiéndose anunciado en aquel lejano 1929, todavía guardo el vago recuerdo de verlos allí cuando jugaba en esos jardines a la tierna edad de tres o cuatro años. No es algo que pueda confirmar con total certeza, pero la imagen permanece.

Del mismo modo, no me atrevo a asegurar si la construcción que aparece en la fotografía —acompañando a doña Concha— era un repetidor de la red eléctrica local o, tal vez, ese fielato que tanto he buscado en archivos gráficos y que, hasta ahora, no he logrado localizar con éxito."