Consejos y avisos

9/6/26

Xesteira una calle interior. Galerias Centrales

 Os suena???. Es la actual calle Concordia y si fijais bien la vista podreis ver el Coliseo Xesteira. mi intención era mostrar el edificio que cayó para abrir las Galerias Centrales, pero me conformo con mostrar el de al lado, que sigue en pie, aunque con los locales del bajo muy cambiados

Xesteira. Una calle interior

El desarrollo urbanístico de Ourense a mediados del siglo XX dejó hitos que hoy definimos por su fachada, pero cuya verdadera razón de ser se encuentra en su interior. La revisión de las crónicas de la época y de las fotografías del derribo de los antiguos solares revela una realidad clara: el proyecto prioritario de Manuel Fernández Xesteira era la creación de la calle interior; los edificios fueron la consecuencia arquitectónica para hacerla posible.

Existio una "vieja idea", ligada al Coliseo Xesteira: las traseras del teatro, se usaban de aquellas como talleres y cocheras de la empresa de transportes ourense-verin, y era evidente que ese uso en el centrocurbano no tenia logica. Xesteira entonces tuvo una idea genial: enlazar las calles de Calvo Sotelo y Avenida de Buenos Aires" Hoy Paseo-Concordia. Para Xesteira, el edificio no era el objetivo final, sino el "punto de arranque" de una calle interior con techo de cristal.

Si os mostratra los planos del conjunto de los solares, comprendemos que la adquisición de la casa número 32 en Buenos Aires y la número 12 en Calvo Sotelo fueron movimientos estratégicos de un "ajedrez urbano". Dando acceso a su calle, no impedia que se construyeran edificios de viviendas y conseguia:

Una calle privada de uso público, protegida de la lluvia y el frío, diseñada para el "animado paseo".

Los edificios que flanquean y cubren este pasaje, que funcionan como contenedores de una "ciudad comercial en pequeño".

La visión de Xesteira iba más allá del ladrillo. Su sistema de acceso a la propiedad para los pequeños comerciantes —donde el alquiler se convertía en amortización de compra— era totalmente innovador y contó con la aprobacion de muchos comerciantes ourensanos. 

El edificio era la infraestructura necesaria para que el "dinamismo" de los pequeños negocios tuviera un escenario accesible en el corazón de Ourense.

En conclusión, lo que hoy conocemos como las Galerías Centrales no nació como un bloque de pisos con locales debajo; nació como una arteria comercial que, para existir, tuvo que revestirse de edificios.

8/6/26

El campo Loña se reinaugura 1942

  Coincidiréis conmigo en que esta fotografía del viejo campo Loña es, posiblemente, la mejor que conservamos a día de hoy.

Gracias al ángulo que escogió Villar para capturarla, podemos ubicar con precisión el que fue el campo de fútbol de referencia en la ciudad durante décadas. El Hospital de las Lagunas sirve como guía perfecta para situarlo; justo detrás del público, a la derecha, se alcanza a ver la que hoy es la calle Celso Emilio Ferreiro. El resto de los detalles os los dejo a vosotros para que completéis el mapa mental.

No he podido resistirme y, partiendo de la foto recuperada del archivo de El Pueblo Gallego —que presentaba algunas deficiencias lógicas del paso del tiempo—, me he permitido la osadía de aplicarle un par de filtros para modernizarla. El resultado es, creo, el campo que les hubiera gustado disfrutar a aquellos futbolistas que en 1942 reinauguraban la instalación.

El terreno era, "más o menos", plano (con énfasis en el "más o menos", dada su ligera inclinación) y, por supuesto, de tierra y no de hierba. Observándola con detenimiento, me parece que la gran reforma de aquel año se centró principalmente en la grada de la derecha, que seguía siendo de madera. Aun así, como podéis ver, se llenaba hasta la bandera. La afición era fiel... aunque, como parece que era inevitable en la época, siempre había unos cuantos "aficionados" que preferían disfrutar del espectáculo sin pasar por taquilla.

5/6/26

Pasado .... y futuro de las ferias ourensanas

 

Fotos José Suarez 1934 para el diario Ahora 

Pasado …. y futuro de las ferias

Hace ya tiempo que mi calendario personal no se detiene obligatoriamente en el campo de la feria los días 7 ni 17. La última vez que me acerqué por allí, os confieso que, al margen de cumplir con el rito sagrado de comer el típico pulpo, poco más se podía hacer. Recuerdo incluso que acabé aprovechando el paseo para echarle un vistazo a los vehículos del parque de bomberos. Lo del entorno de la Plaza de Abastos es otra historia; aunque se mantiene el bullicio, ya no es, ni de lejos, la feria que vivieron nuestros abuelos. Aquellos encuentros donde las transacciones importantes se cerraban entre apretones de manos por animales o productos del campo han dado paso a mercadillos de ropa, alguna herramienta despistada, plantas y el clásico puesto de "semi-antigüedades" que tanto nos gusta rebuscar. A veces pienso en acercarme a la Plaza de la Trinidad para ver si aún queda algún rescoldo de aquella actividad antigua, pero no me atrevo... quizás por miedo a que el silencio sea la única respuesta.

Lo cierto es que no podemos pretender que algo que nació como una necesidad vital en los tiempos más remotos siga siendo hoy igual de viable. Las ferias no eran solo comercio; eran el punto de encuentro de vecinos que vivían y trabajaban en pequeñas aldeas, muchas veces aisladas por el barro. Acudían con un esfuerzo que hoy nos costaría imaginar para surtirse de lo básico. Pero el mundo gira: primero llegaron los almacenes, luego las grandes superficies y hoy el comercio electrónico se va adueñando de nuestros hábitos de compra y nos trae la feria al salón de casa. Una evolución que, suponemos, busca la mejora, ¡habrá que esperar a que el tiempo dicte su sentencia definitiva!

Me asaltan estos pensamientos porque, buscando información sobre el gran fotógrafo José Suárez, quien por fin disfruta últimamente de un merecido reconocimiento, me topé con un texto de Ángel Pumarega publicado en el diario Ahora. No os frotéis los ojos: el artículo es del año 1934. Yo siempre había guardado la imagen romántica de que, en aquella década, las ferias eran el motor imprescindible de Galicia, y resulta que Pumarega ya nos hablaba de su declive, de su "muerte" lenta pero inexorable.

Aquel artículo de 1934, titulado "Esplendor y muerte de la feria gallega", cobraba una dimensión casi mágica gracias a las fotografías de José Suárez. La cámara de Suárez no buscaba la postal idílica, sino la verdad cruda de Allariz. Cuando Pumarega le preguntaba: —Amigo Suárez, ¿cómo están tan tristes estas gentes de la feria?—, el fotógrafo, con su máquina al hombro, le explicaba la pesadumbre que veía en cada rostro. Eran campesinos inmóviles junto a sus bestias y carros, sin vender nada, víctimas de complicaciones ajenas que no alcanzaban a comprender.

Fotografia José Suarez

Dejadme que recupere parte de este texto, tan representativo de aquellos días:

En 1907 vino de América mi tío Cornelio. Yo tenía diez años y vivía con mis padres en las Cuatro Caminos. Grandes descampados y vertederos de basuras. Formidables pedreas de bandas infantiles. Noches temerosas con fantasmas de barrio envueltos en sábanas. Domingos de gran alborozo con los puestos de torreznos y de fritadas en la calle de Bravo Murillo. Recuerdos espeluznantes del hundimiento del Depósito. La escuela, las "novillos" y las sangrientas descalabraduras en la cabeza.

—Dejadme al chico para llevarlo a América —dijo mi tío—. Allí está su porvenir.

América era aún la gran ilusión. Sobre todo para los nacidos en Galicia. Partí con mi tío y nos detuvimos un mes en el hogar de la familia: la aldea de San Martiño do Real, cerca de Samos, provincia de Lugo.

Allí conocí la feria gallega. No recuerdo si fue la de Castroverde. Y ahora, delante de estas fotografías magníficas que muestran a todos la tristeza actual de la feria gallega, me acuerdo de la alegría ruidosa de aquella feria de 1907, a la que me llevaron mis parientes, dándome de comer el tradicional pulpo frito en grandes calderas de aceite hirviendo, servido en amplios platos de barro y haciéndome probar por vez primera el goloso anís dulce…..

Durante décadas, Galicia se desangró y se enriqueció al mismo tiempo a través del puerto de Buenos Aires. El proceso era familiar para todos: primero se iba el padre o el hermano mayor; luego se mandaban los giros para pagar deudas, rescatar tierras y, finalmente, traerse al resto de la familia. Esas cartas que llegaban cada mes con la promesa de "compraremos el campo de tal" sembraban un optimismo que florecía en los días de feria. El dinero de los "indianos" circulaba con una energía heroica. En esos años de esplendor, la feria era el escenario donde se lucían los nuevos aperos, las mejores bestias y las ropas recién compradas.

Fotografia José Suarez

Sin embargo, para 1934, ese río de plata se había secado. Pumarega y Suárez retrataron el final de una era. De América ya no llegaba nada y la crisis golpeaba los hogares gallegos. Los cobertizos de comida, antes llenos de humo y risas, estaban casi desiertos. "¡Cuántos presuntos vendedores volvieron a sus casas sin haber vendido nada y hasta sin comer!", lamentaba el periodista. La feria, que había sido el termómetro de la prosperidad agraria, marcaba ahora una fiebre de resignación y cansancio.

Los que nos cuentan que se resistían a abandonar la feria eran los ciegos de los romances, los pícaros y los truhanes. Ellos encontraban en esa reunión su mejor y, en muchos casos, única fuente de ingresos. Seguro que hoy, aun en el remedo de feria que tenemos, no falta algún carterista que con más o menos habilidad intenta birlar una cartera al despistado paseante.

Y hablando de carteras, todavía hoy es posible ver en esos días de feria y lluvia a algún paisano —yo mismo lo hago a veces— con el paraguas de tela remendada sujeto al cuello de la chaqueta con el fin de llevar las manos libres. Me acuerdo ahora de uno de los cuentos del entrañable Ernesto Ferro, que aseguraba que precisamente esa costumbre no era para facilitar el trabajo, sino para no tener que sacar la mano del bolsillo donde guardaba el dinero. El paisano podía parecer tonto, pero... ¡la retranca orensana siempre iba un paso por delante!

Al leer a Pumarega y observar las sombras y luces de José Suárez, uno se da cuenta de que la nostalgia no es algo nuevo. En 1934 ya se echaba de menos 1907. Hoy, en 2026, yo echo de menos esa cercanía que, a pesar de las penurias de la época, unía a las personas en torno a una mesa de madera con manchas de vino tinto.

La evolución es inevitable. No podemos pedirle a la sociedad de la fibra óptica que comercie igual que la del carro de vacas. Pero sí podemos aprender de esa "energía silenciosa" de nuestros antepasados. Las ferias de hoy son distintas, quizás más descafeinadas, pero guardan en su ADN ese espíritu de comunidad.

A veces, cuando paso por el Couto y veo edificios que guardan tanta historia social, o cuando releo estos artículos antiguos, siento que mi labor es simplemente esa: recuperar estos textos, estas miradas de Suárez, y ponerlas ante vuestros ojos para que no olvidemos de dónde venimos. Porque la feria puede estar en declive, pero nuestra memoria no debe estarlo.

Seguiremos buscando esas "alegrías ruidosas" entre los papeles viejos y las fotografías de plata, intentando comprender si este camino de progreso nos lleva realmente a un lugar mejor o si, como aquel niño que se embriagó con anís dulce en Castroverde, solo estamos dando vueltas en un sueño envuelto en una vaga neblina. Mientras tanto, nos vemos en la próxima feria, aunque solo sea para compartir un plato de pulpo...

Si podéis, os aconsejo leer el texto de Pumarega y ver el resto de fotos de Suárez de la feria alaricana; ellos lo expresaron mejor que yo, sin duda.

(Diario Ahora, 4 de enero de 1934).

4/6/26

El automovil de El Pueblo Gallego


 Eran otros tiempos, pero a base de sacrificio y esfuerzo se lograban superar las dificultades. 

En 1924 comenzó a publicarse en Vigo uno de los diarios más representativos de Galicia: El Pueblo Gallego. En sus páginas colaboraron las mejores firmas de la época, como Otero Pedrayo o Castelao, y gracias a su labor hoy conservamos un valioso archivo visual de nuestra tierra. En el caso de Ourense, la inmensa mayoría de las imágenes fueron obra del estudio Foto Villar. Sin profundizar en exceso, creo no equivocarme al afirmar que el trabajo de Leopoldo allanó el camino para que su hijo, Miguel Ángel, continuara la colaboración con el diario.

Posiblemente, algún día me anime a dedicarle un artículo extenso, ya que en su trayectoria (1924-1979) el periódico fue testigo de momentos cruciales de nuestra historia y logró mantenerse activo a través de todos ellos.

Hoy, al hilo de esta fotografía, os cuento que, tras su lanzamiento en 1924, el público ourensano debía esperar hasta pasada la media mañana para encontrar el diario en los quioscos, lo que generaba constantes protestas entre los lectores. Para solucionarlo, en 1927 la empresa decidió crear su propio servicio de transporte: cada madrugada, hacia las cuatro, un automóvil salía de Vigo cargado con los ejemplares del día. A las siete y media, los quioscos de Ourense ya estaban surtidos para que los lectores pudieran informarse temprano, aunque, según cuentan las crónicas, no era raro que la climatología o las averías mecánicas retrasaran ocasionalmente la distribución.

3/6/26

La casa del deán Bedoya

Museo Etnoloxico de Ribadavia, Xunta de Galicia. Archivo Pacheco

Estampas de Ourense a mediados do século XVIII es uno de los muchos trabajos que nos ha regalado don Ramón, y os recomiendo su lectura. Es, en mi modesta opinión, imprescindible para conocer nuestra ciudad. Se publicó en 1927, formando parte del tomo I de los Arquivos do Seminario de Estudos Galegos. La primera vez que lo leí fue de un tirón, porque la curiosidad me hacía querer abarcar todos los datos que nos facilitaba; pero, con el tiempo, han sido incontables las revisiones que he hecho de manera particular.

En estos días estoy preparando mis lecturas veraniegas y, de nuevo, le voy a dar un repaso; siempre encuentro datos nuevos. Hoy, con esta fotografís de Augusto Pacheco, os enseño la casa donde vivió el deán —y casi obispo— Bedoya, en la calle San Pedro. Sin duda, la cercanía con la catedral fue lo que aconsejó al buen sacerdote vivir en esa calle, ya que por su belleza e iluminación, desde luego, no fue.

"Na rúa S. Pedro, na casa que tén un santo, viviu o principio do XIX o célebre deán e bispo Bedoya a quen se debe a conservazón do que resta do patín S. da catedral."

Unas líneas más abajo, nos cuenta que no fue por su consejo ni financiación, sino por su empeño personal en impedir que se eliminara todo el patín, oponiéndose físicamente a los trabajos. Aquí os dejo las palabras de don Ramón:

"O bocadiño que resta arredor da porta S. do cruceiro da basileca, é debido a enerxía do deán Bedoya morto en 1850: sendo gobernador Sede vacante saíu da súa casa da rúa de S. Pedro pra estorbar ós canteiros que rematasen a demoliceon do Patín."

Foto Martiño

Dos puntualizaciones:

En primer lugar, el deán no llegó a ser obispo —¿o sí?— por decisión propia: renunció a la sede vacante dos meses después de ser nombrado por la reina. Su edad le sirvió de justificación. De todas maneras, el haber sido obispo electo le permitió, a la hora de su muerte, tener el honor de recibir sepultura en la Seo. Consta que Otero sentía gran respeto por el deán.

Por otro lado, aunque no tengo datos de que el patín sur fuera más grande, como apunta el relato de don Ramón, su eliminación podría corresponderse con la modificación que se hizo de esta fachada. La mayor parte de la Plaza de las Damas estaba incluida en la catedral y era un jardín poblado de naranjos donde la curia aprovechaba los momentos de descanso. Tal vez, siguiendo la línea del patín actual, podamos conocer hasta dónde se prolongaba ese espacio.