Consejos y avisos

4/9/26

Oficios del pasado: fotografos de cajón y de calle

  


Oficios del pasado

Fotógrafos de cajón “Minuteros” y “leiquistas”

Hoy en día, con el móvil siempre en el bolsillo y la cámara a un toque de distancia, es fácil olvidar lo que significó en su momento capturar una imagen. Hacer una fotografía era, no hace tanto, un acontecimiento.

La historia de la fotografía arranca con máquinas complejas y costosas que ponían este arte fuera del alcance de la mayoría. Las primeras fotografías eran retratos de estudio, encargados por familias adineradas que podían permitirse semejante lujo. El proceso era lento, caro y técnicamente exigente: requería equipos voluminosos, tiempos de exposición prolongados y conocimientos que estaban al alcance de muy pocos. Aquello era, en suma, un privilegio de pocos.

Fue a comienzos del siglo XX cuando una nueva figura empezó a democratizar el oficio: los fotógrafos "minuteros", conocidos entonces como fotógrafos "de cajón". El nombre lo decía todo: trabajaban con un cajón en el que manipulaban negativos y líquidos químicos, protegiendo el proceso de la luz. Era un sistema ingenioso que permitía revelar la fotografía en el acto, ante los ojos del cliente, sin necesidad de un laboratorio fijo. La clave del negocio estaba en conseguir el mejor objetivo posible, ya que, que se sepa, no existieron fabricantes de este tipo de máquinas como tales, sino únicamente de las ópticas que las equipaban.

Ourense, como no podía ser de otra manera, tuvo los suyos. Aunque las referencias documentales son escasas —eran en su mayoría trabajadores ambulantes que no dejaban demasiado rastro en los archivos—, la ciudad contaba con su presencia habitual. La fotografía de cabecera que acompaña este artículo resulta elocuente: en la plaza Mayor convivían dos fotógrafos en perfecta armonía, integrados en el bullicio cotidiano junto a los puestos del mercado que aún se instalaban allí, frente al ir y venir de la Casa do Concello. Eran un negocio más entre los demás, tan natural como el puesto del verdulero o el del afilador. Los días de fiesta, su lugar preferido era la Alameda, donde se apostaban en puntos estratégicos a la espera de clientes.

Con el tiempo, algunos de aquellos ambulantes echaron raíces. Apellidos como Mazaira o Sanjurjo levantaron sus laboratorios en las barracas de la Alameda y dieron el salto a un trabajo más elaborado: ya no bastaba con un retrato sencillo. Pusieron de moda los paños de fondo —unos serios, otros desenfadados, otros de corte romántico—, y completaron la oferta con atrezo: el caballito de madera, la gorra de marinero, el traje de torero... Pequeños detalles que convertían un retrato en una pequeña puesta en escena. En muchos álbumes familiares ourensanos se conservan auténticas joyas de este estilo, imágenes que hoy nos hablan de una época con una elocuencia que ningún texto podría igualar.

Un momento decisivo para la profesión llegó en la década de los cuarenta, cuando la implantación generalizada del documento nacional de identidad impuso la fotografía de carnet para todos los españoles. La demanda se disparó y el número de fotógrafos creció de forma exponencial. Muchos pudieron rentabilizar el negocio lo suficiente como para establecerse en locales fijos más cómodos. En paralelo, el Ayuntamiento de Ourense decidió que las barracas de la Alameda no ofrecían la imagen adecuada para la ciudad y ordenó su retirada. Aun así, profesionales como Manuela Saburido, esposa de Mazaira, siguieron trabajando al aire libre durante algún tiempo, con una clientela fiel que la buscaba a ella expresamente. Llegó incluso a desplazarse periódicamente a villas de los alrededores, donde ya la esperaban quienes querían retratarse.

Podría pensarse que, en este nuevo escenario, los fotógrafos habrían abandonado la calle para recluirse definitivamente en sus estudios. Pero la realidad, como casi siempre, desmiente lo previsible.

Al margen de los minuteros "de cajón", que por una combinación de tradición y vocación siguieron presentes durante años en ferias y romerías, tampoco era raro verlos los fines de semana en los parques de la ciudad: O Posío, San Lázaro, la Alameda... La segunda fotografía que acompaña este artículo es un buen testimonio de ello: si os fijáis en la esquina de entrada al parque, veréis una cámara de minutero y al fotógrafo sentado tranquilamente en el banco de piedra, esperando. Era otra época; la capilla de San Lázaro reinaba todavía en el parque sin la presencia de la escultura de Asorey, que aún tardaría en llegar. Una imagen dentro de la imagen, como tantas veces ocurre con las fotografías antiguas.

Y entonces comenzó a aparecer, en calles y lugares de afluencia de público, una nueva variedad de fotógrafo callejero: los "leiquistas". El nombre, poco agraciado, venía de la marca que más apreciaban por la calidad de sus imágenes y la comodidad de uso. La Leica, con su formato compacto y su óptica excepcional, había revolucionado la fotografía de reportaje en toda Europa, y sus virtudes no tardaron en seducir también a quienes hacían de la calle su estudio. Aunque cualquier cámara de 35 mm servía para el oficio —no todo el mundo podía permitirse una Leica de verdad—, el apodo quedó para todos ellos.


Este capítulo merece un apartado propio, y en él cabe destacar que no fueron solo hombres quienes protagonizaron esta historia. Ya en la etapa anterior encontramos figuras femeninas fundamentales: Manuela Saburido, como hemos visto, fue una de las profesionales más reconocidas de su tiempo. En los primeros estudios fijos de la ciudad también hubo presencia femenina, como Manuela Sanjurjo o Mari Arredondo. Y entre los leiquistas, Cheluca Covelo siguió esa estela con mérito propio. Pero hay una deuda pendiente que conviene señalar: muchas otras mujeres sostuvieron estos negocios desde la oscuridad del laboratorio, revelando negativos, copiando fotografías, tirando del negocio en silencio. Su contribución fue imprescindible, aunque la historia raramente les haya dado el lugar que merecían.

Quedan pues pendientes otros dos artículos: el de las mujeres en la fotografía ourensana y el de los leiquistas, que sin duda darán para mucho. Os adelanto algunos nombres por si queréis ir haciendo memoria: Rizo, Cudeiro, Fernández, Leandro, Ricardo, Conde, Cardoso... Una lista que es, en sí misma, un pequeño homenaje a quienes hicieron de las calles de Ourense su estudio y de sus vecinos, su mejor materia prima. Pero esa es otra historia, y merece contarse con el espacio que le corresponde.

25/7/26

O espertar dun POBO

  o espertar dun pobo

ourense no Día de Galicia


Se lle preguntas a calquera que é o 25 de xullo, falarache de Santiago, de botafumeiros e de actos oficiais. Pero o Día de Galicia non naceu nun despacho. Naceu na pel, na distancia e nesa palabra que só nós sabemos pronunciar co corazón na man: A MORRIÑA.

Aínda que din que o Día de Galicia xurdiu en 1919 coas Irmandades da Fala, en Ourense o espertar da identidade viña de moi atrás. Moito antes de que os intelectuais puxesen de moda o galeguismo, Valentín Lamas Carvajal xa abrira o camiño. En 1876 fundou en Ourense O Tío Marcos da Portela, o primeiro xornal editado integramente en galego. Aquelo foi unha revolución. Non era unha publicación pra catro sabios; vendíase por miles nas feiras e chegaba ás aldeas. Cun ton retranqueiro e popular, Lamas Carvajal ensinoulle aos labregos e artesáns que o seu idioma era digno de imprenta. Foi o primeiro en demostrar que a nosa lingua era o noso maior símbolo de identidade.

Cando décadas despois colleron o relevo Risco, Cuevillas e, por riba de todos, don Ramón Otero Pedrayo, o terreo xa estaba sementado. Otero Pedrayo, patriarca das letras galegas, colleu xunto cos seus compañeiros de Nós ese idioma popular para levalo á filosofía, á ciencia e á vangarda europea.

Don Ramón entendeu mellor que ninguén que a maneira de potenciar o galego non era a través da imposición ou a obriga, que son ferramentas que adoitan lograr o efecto contrario. O segredo estaba en prestixialo, en espertar no pobo a convicción e o namoramento de que a súa lingua era valiosa. Ourense estaba a conseguir o milagre: transformando o galego de ferramenta do campo nun orgullo que a xente abrazaba por propia vontade. O 25 de xullo era a reválida anual dese orgullo conquistado nas rúas, nos quioscos e no corazón dos veciños. (Logo as cousas torceron, e polo de agora non se conseguiu recuperar o estilo dos pioneiros).

Pero daquela a identidade galega estaba coxa, porque Ourense tiña a metade do seu corazón partido pola emigración. Aquí é onde a morriña deixa de ser unha tristura pasiva para converterse nun motor. O Día de Galicia concibiuse como unha ponte invisible que cruzaba o Atlántico pra abrazar os que marcharan.

Mentres na provincia a xornada se vivía pensando no retorno, nos Centros Galegos de Bos Aires, Montevideo ou no Centro Galego da Habana, os ourensáns emigrados daban a batalla na distancia. Alí, o 25 de xullo era un día para vivir con orgullo. Escoitar a gaita, aqueles alalás e muiñeiras, aquelas pandeiretas e a simple cuncha da vieira e, por riba de todo, falar. Falar o galego en voz alta na diáspora era o mellor remedio contra o esquecemento. O idioma funcionaba como a única patria que ninguén lles podía quitar.

Esa morriña non quedaba en bágoas de banquete. O emigrante ourensán era de ideas claras e carteira por diante. Os cartos que enviaban con moito suor financiaron escolas, estradas e sociedades de progreso nos seus pobos. Máis tarde, a diáspora salvou a nosa cultura editando moitos dos libros e periódicos que hoxe son parte do noso patrimonio cultural. Os intelectuais, desde Ourense ou alá mesmo —que tamén emigraron—, poñían as ideas e a lingua, e os emigrantes sostiñan o orgullo e o futuro na distancia.

 Ali estaban os ourensáns das Irmandades da Fala. Monforte 1922

Celebrar este día non é mirar un calendario oficial; é entender que Galicia lle debe o seu espertar cultural e o seu corazón ás nosas rúas, aos nosos cafés, ao maxisterio de Otero —que nos ensinou a amar a lingua por convicción—, das irmás Do Campo, de Filomena Dato, de Risco, de Cuevillas… de todo un pobo que se sente GALEGO.

Neste día, o propio é brindar polo que fomos e polo que somos cun groliño do noso licor café, escuro e vivo coma a nosa historia…

Feliz Día de Galicia.

30/6/26

FELIZ VERANO....

  ☀️ ¡Llegó el verano y toca hacer las maletas! ☀️

Una nueva temporada de ourensenotempo.com llega a su fin. Como cada año por estas fechas, os doy un respiro de las pantallas y los medios digitales para que disfrutéis de las vacaciones.
¡Pero no os quedaréis sin vuestra dosis de nostalgia! Si os apetece seguir viajando al pasado a través de imágenes antiguas, podréis hacerlo en papel. Si nada falla, desde el 1 de julio hasta el 31 de agosto, tendréis una fotografía de Ourense no Tempo cada día en la sección especial de verano del diario La Región.
En septiembre espero seguir contando con vuestro increíble apoyo. Os adelanto que vuelvo cargado de sorpresas... ¿Tal vez el tercer libro? 😉
Además, estos meses me estaré familiarizando a fondo con la Inteligencia Artificial. Como os he comentado alguna vez, considero que la IA, bien utilizada, es una herramienta magnífica (aunque necesita una regulación estricta para evitar su mal uso). Últimamente os he mostrado ejemplos de lo que se puede lograr: recuperar imágenes inéditas a partir de viejas fotografías de prensa donde casi no se intuía nada, combinando un buen tratamiento fotográfico con rigor y conocimientos históricos. Estos días pienso divertirme y experimentar con la IA... ¡a la vuelta me diréis si os gusta el resultado!
 Una última petición antes de marchar...
¡No os olvidéis de rebuscar en los cajones! Esos pequeños objetos sin valor económico aparente son un tesoro para mí, ya que me ayudan a reconstruir y recordar el pasado comercial de nuestra provincia:
🔑 Llaveros
🔥 Mecheros y cajas de cerillas
👟 Calzadores
🛍️ Bolsas comerciales antiguas
Nota: ¡No hace falta que os deshagáis de ellos! Me basta y me sobra con que les saquéis una buena fotografía.
¡MUCHAS GRACIAS A TODOS Y FELIZ VERANO! 

29/6/26

"La cicatriz industrial"

 

Esta es la primera foto que veo obtenida de este lado de la estructura. y aunque sea una especulación creo que sería tomada en 1953 cuando se había dado la orden de derribo. 

    La mejor manera de definir esta estructura es como una “cicatriz industrial”. El ferrocarril, tan esperado en Ourense, llegaba desde Vigo haciendo un recorrido a la inversa de lo previsto. Eso sí, traía viajeros de Madrid, pero tras un largo trayecto que pasaba por el vecino Portugal.

Siempre que encuentro una fotografía de esta estructura, no puedo evitar pensar en que los beneficios que el ferrocarril traía para Canedo y Ourense se cobraban bien caros en la zona de la vieja estación. Fueron más de setenta años en los que esa cicatriz alteró la vida del barrio.

Otro enigma al que he intentado dar respuesta es por dónde discurría exactamente la vía ferroviaria. Al leer los periódicos de la época, la sensación es que corría pegada al río. Aunque en gran parte del recorrido esto es más que posible, en las cercanías de la ciudad supondría un desnivel considerable. Últimamente, a falta de datos concluyentes, me inclino por situar la vía por encima de la altura de lo que hoy es el barrio del Ribeiriño. Aun así, salvar la pendiente durante los crudos inviernos ourensanos de lluvia y heladas era sumamente difícil, y la tracción de las locomotoras fallaba por completo de manera frecuente. El trabajo de los ferroviarios se volvía entonces heroico: debían pasar gran parte de su jornada esparciendo arena manualmente sobre los raíles para evitar que las ruedas patinaran.

La liberación definitiva llegó en 1952 con la inauguración de la nueva estación de Ourense-Empalme. Poco después, en 1953, el puente de hierro fue finalmente desmantelado. Su desaparición sanó la división del barrio y dejó un vacío urbano que propició el nacimiento del actual parque de A Ponte, sepultando para siempre al gigante de metal de la avenida.

Con esta fotografía son ya cuatro las que tengo en mi archivo con esta estructura de protagonista, pero seguramente sean muchas más, ya que en los años 50 comenzaban a ser habituales las cámaras en poder de los particulares, y hacer fotos para el recuerdo de este “monstruo”, me parece que seria una buena idea. 

Si tenéis alguna me gustaría verla mi mail ya lo sabéis ourensenotempo@hotmail.com

27/6/26

Entretenido con la I.A.

  No me cansaré de decir que esto de la IA me genera grandes dilemas: por un lado es fantástica y, por otro, aterradora. A lo mejor, aportando nuestro granito de arena entre todos, conseguimos que la parte alarmante se vaya diluyendo, aunque es innegable que su impacto siempre dependerá de las manos en las que caiga.

En imágenes como la de hoy, creo que está bien utilizada. En el siglo XVI, el actual campo de los Remedios se llamaba el «Campo del Desafío» y que yo sepa no existe ningún cuadro pictórico que nos lo muestre; desde luego, fotografías es imposible que haya. Por ello, pedirle a la IA que nos permita ver una escena in situ no me parece mala idea. ¿Qué os parece?

Si alguno quiere pasar la imagen a lienzo y colgarla en el salón, tiene mi permiso. Aunque, pensándolo bien, quedaría mucho mejor en un pazo o en alguna de las propiedades de los Méndez.