☀️ ¡Llegó el verano y toca hacer las maletas! ☀️

☀️ ¡Llegó el verano y toca hacer las maletas! ☀️

Esta es la primera foto que veo obtenida de este lado de la estructura. y aunque sea una especulación creo que sería tomada en 1953 cuando se había dado la orden de derribo.
La mejor manera de definir esta estructura es como una “cicatriz industrial”. El ferrocarril, tan esperado en Ourense, llegaba desde Vigo haciendo un recorrido a la inversa de lo previsto. Eso sí, traía viajeros de Madrid, pero tras un largo trayecto que pasaba por el vecino Portugal.
Siempre que encuentro una fotografía de esta estructura, no puedo evitar pensar en que los beneficios que el ferrocarril traía para Canedo y Ourense se cobraban bien caros en la zona de la vieja estación. Fueron más de setenta años en los que esa cicatriz alteró la vida del barrio.
Otro enigma al que he intentado dar respuesta es por dónde discurría exactamente la vía ferroviaria. Al leer los periódicos de la época, la sensación es que corría pegada al río. Aunque en gran parte del recorrido esto es más que posible, en las cercanías de la ciudad supondría un desnivel considerable. Últimamente, a falta de datos concluyentes, me inclino por situar la vía por encima de la altura de lo que hoy es el barrio del Ribeiriño. Aun así, salvar la pendiente durante los crudos inviernos ourensanos de lluvia y heladas era sumamente difícil, y la tracción de las locomotoras fallaba por completo de manera frecuente. El trabajo de los ferroviarios se volvía entonces heroico: debían pasar gran parte de su jornada esparciendo arena manualmente sobre los raíles para evitar que las ruedas patinaran.
La liberación definitiva llegó en 1952 con la inauguración de la nueva estación de Ourense-Empalme. Poco después, en 1953, el puente de hierro fue finalmente desmantelado. Su desaparición sanó la división del barrio y dejó un vacío urbano que propició el nacimiento del actual parque de A Ponte, sepultando para siempre al gigante de metal de la avenida.
Con esta fotografía son ya cuatro las que tengo en mi archivo con esta estructura de protagonista, pero seguramente sean muchas más, ya que en los años 50 comenzaban a ser habituales las cámaras en poder de los particulares, y hacer fotos para el recuerdo de este “monstruo”, me parece que seria una buena idea.
Si tenéis alguna me gustaría verla mi mail ya lo sabéis ourensenotempo@hotmail.com
No me cansaré de decir que esto de la IA me genera grandes dilemas: por un lado es fantástica y, por otro, aterradora. A lo mejor, aportando nuestro granito de arena entre todos, conseguimos que la parte alarmante se vaya diluyendo, aunque es innegable que su impacto siempre dependerá de las manos en las que caiga.
En imágenes como la de hoy, creo que está bien utilizada. En el siglo XVI, el actual campo de los Remedios se llamaba el «Campo del Desafío» y que yo sepa no existe ningún cuadro pictórico que nos lo muestre; desde luego, fotografías es imposible que haya. Por ello, pedirle a la IA que nos permita ver una escena in situ no me parece mala idea. ¿Qué os parece?
Si alguno quiere pasar la imagen a lienzo y colgarla en el salón, tiene mi permiso. Aunque, pensándolo bien, quedaría mucho mejor en un pazo o en alguna de las propiedades de los Méndez.
Oficios del pasado:
Vendedor de entradas de espectáculos
Es una realidad incontestable que antes no existían las redes sociales, ni los teléfonos inteligentes. Sin embargo, nuestros mayores se las ingeniaban para dar soluciones creativas a los problemas cotidianos de la época. Hoy en día, comprar una entrada para un concierto, una obra de teatro o una sesión cinematográfica es un acto mecánico que casi solo concebimos a través de una página web o una aplicación móvil. Los cines de estreno, cada vez con mayor frecuencia, centralizan sus ventas en internet, aunque de momento mantienen las taquillas. Si acaso, los estadios de fútbol es donde más necesarias son y aún conservan la clásica taquilla, donde todavía es habitual ver colas de aficionados los domingos por la tarde, aguardando su turno, horas antes del pitido inicial.
Hubo un tiempo, en que la única opción aparente para asegurar un asiento en los eventos era armarse de paciencia y hacer una larga fila ante la ventanilla. ¿O tal vez no era la única vía? La historia de Ourense nos demuestra que la necesidad y la picaresca bien entendida dieron origen a un oficio hoy extinto: el vendedor callejero y comisionista de localidades.
Para comprender la evolución de esta actividad, es de justicia rescatar aquellos nombres propios que custodiaron los primeros talonarios de papel y matriz. El primer taquillero del que se tiene constancia en la memoria popular era el señor Pirús. Aunque el paso del tiempo ha difuminado los detalles exactos de su biografía, los registros del fútbol apuntan a que en la década de 1920, un jugador del Orense respondía a ese apodo, por lo que es muy probable que se tratase de la misma persona vinculada al club tras colgar las botas.
Posteriormente, la responsabilidad recayó en una figura harto conocida por los ourensanos de la época: don Juan Rego. Hombre polifacético que, compaginaba diversas ocupaciones con una estrecha colaboración con el entramado deportivo y cultural de la ciudad. Don Juan en ocasiones asistido por Adolfito, (mi añorado amigo Adolfo Rego), gestionaba la venta de localidades no solo para el fútbol local —transitando por las distintas denominaciones de la entidad. como el Club Deportivo Orense, la Unión Deportiva Orensana o el Burgas—, sino también para algunos de los cines que amenizaban las tardes de la posguerra.
Los aficionados más veteranos quizás recuerden aquella pequeña caseta de madera instalada estratégicamente en la céntrica calle del Paseo, justo en la esquina del emblemático chalet de Losada. Aquella modesta construcción supuso una auténtica revolución para la comodidad de los ciudadanos. Allí podías adquirir tu entrada, sin la necesidad de desplazarte primero hasta el viejo campo Loña o, más tarde, a las modernas instalaciones del Estadio del Couto. El siguiente paso natural en esta evolución urbana llegó cuando el club habilitó las taquillas en el propio recinto del Estadio del Couto. Allí continuó don Juan Rego durante años, despachando billetes. Cuando las fuerzas flaquearon y decidió retirarse, el testigo pasó a manos del señor Pereira. El último eslabón de esta cadena de taquilleros oficiales fue Marina; una mujer sumamente popular en el Ourense de la segunda mitad del siglo XX, ya que compaginaba esta labor dominical con la regencia de su conocido quiosco de prensa situado en la calle del Villar.
Sin embargo, me estoy guardando intencionadamente una última figura en la manga. Un personaje crucial en el paisaje urbano de aquel Ourense en blanco y negro que, a cambio de unos pocos reales o de la simple generosidad del comprador, era capaz de ahorrarte las incómodas colas bajo la lluvia gallega, los desplazamientos de última hora y la terrible incertidumbre de quedarte a las puertas del gran evento tras haberse colgado el cartel de «no hay billetes», esto ocurría pocas veces, pero….
1978 Severino Pintos Salgado en la calle del Paseo despachando entradas del Couto. Los vinos, la Regidora, el Coralín. el Recaredo, el Miño…, eran otros locales donde encontrarlos
Antes de que este oficio se normalizara, existieron precedentes más informales. El más recordado era el gran Paco Madrid (lo de Paco es en todos los sentidos, grande como persona y grande de tamaño). Paco realizaba una actividad que hoy rozaría la reventa, aunque en aquel contexto se entendía como un favor personal remunerado. Conseguía entradas bien ubicadas cuando eran numeradas y las reservaba en exclusiva para aquellos que él denominaba con orgullo sus «socios». A cambio de asegurarles el acceso al partido o a la función cinematográfica, Paco les ganaba un buen extra económico bajo mano, operando siempre al filo de la estricta legalidad de la época.
La verdadera transformación y dignificación del oficio llegó en el año 1948 de la mano de Severino Pintos Salgado. Funcionario municipal y vecino del barrio del Couto, Severino era un hombre respetado que contaba con la absoluta confianza de la junta directiva del club de fútbol. Esa intachable reputación le abrió de par en par las puertas para oficializar la actividad que antes se hacía de tapadillo. Para ejercer su labor sin contratiempos, Severino obtuvo los permisos necesarios: las autorizaciones del club o de los promotores cuando se trataba de eventos deportivos —que iban desde el fútbol, hasta las veladas de boxeo, pasando por las corridas de toros—, y el permiso del Concello de Ourense cuando el espectáculo consistía en los concurridos asalto baile del jardín del Posío u otras variedades artísticas locales.
A diferencia del método de Paco Madrid, el sistema de Severino era notablemente más ético y, a la postre, igual de rentable. Severino no imponía un recargo fijo sobre el precio de la entrada. Él se limitaba a ofrecer el servicio a pie de calle, y ganaba exclusivamente lo que la gente, de manera voluntaria y agradecida, le dejaba como propina o «voluntad».
Para constatar que este servicio alternativo era un negocio próspero y demandado por la sociedad ourensana, basta señalar que, con el tiempo, la ciudad llegó a mantener a tres de estos vendedores autorizados operando simultáneamente: el propio Severino Pintos, su hermano José Pintos y un tercer personaje popularmente conocido como «El Coruña».
La jornada de trabajo de estos hombres seguía un rito preciso. Lo normal era que, dos o tres horas antes del comienzo del evento, se dejaran ver por la calle del Paseo, siempre en las inmediaciones de la taquilla oficial que allí se ubicaba, captando a los rezagados o a aquellos que preferían evitar la aglomeración. No obstante, el verdadero corazón de su oficio latía en la hostelería local. Las cafeterías, tabernas y restaurantes más frecuentados del Ourense de la época constituían sus verdaderas oficinas comerciales. Los clientes habituales sabían perfectamente que podían encontrar a Severino o a sus compañeros entre las mesas y barras de establecimientos tan emblemáticos como el café La Regidora, el Coralín, el Recaredo, el Miño o en la zona de los vinos.
En las grandes ocasiones, cuando visitaba El Couto un rival de entidad o se programaba un espectáculo de enorme repercusión, el ritmo habitual de la ciudad se revolucionaba por completo. En esos días señalados, el vendedor callejero se convertía en la persona más buscada de Ourense. Era entonces cuando entraba en juego el arte de «tirar de libreta». Con días de antelación, estos profesionales apuntaban los encargos de sus clientes fijos asegurando la entrada. En los últimos tiempos, cuando en el estadio se llegaban a abrir hasta cuatro taquillas los vendedores se colocaban estratégicamente en la calle Ervedelo.
La remuneración de este oficio se basaba, como ya he dicho, en el concepto histórico de «la voluntad». El beneficio dependía por completo de la generosidad de los parroquianos y de la coyuntura económica del momento; una dinámica laboral incierta sobre la que los propios trabajadores solían ironizar con una frase lapidaria que definía las oscilaciones de su fortuna y el ánimo de la clientela: ¡la voluntad, es como las ganas de trabajar!, «O no las hay, o son pocas». Con el cierre de los viejos teatros, la remodelación de las estructuras de los clubes de fútbol y, finalmente, la llegada imparable de la informática, la libreta de Severino y el pregón callejero de las entradas pasaron a formar parte exclusiva del patrimonio nostálgico de la ciudad.
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| Con la excusa del Fielato podeis dar un vistazo al viejo puente de Ervedelo hoy sustituido por uno mas ancho y que ha perdido la compañia de viñedos para estar rodeado de edificios |
Al contrastar los elementos fijos, la cronología de la imagen se vuelve a situar de forma aproximada en el tramo final de la década de 1920 (hacia 1927). El gran valor de esta nueva placa fotográfica radica en que nos permite aproximarnos con la lupa al objeto de nuestro interés: el pequeño fielato de Ervedelo. En ella se confirma con absoluta fidelidad material su humilde estructura: un puesto armado a base de tablones de madera y techado con planchas de metal o Uralita temprana, lejos de ser una edificación noble de piedra.
Escondido entre la vegetación y los viñedos que cubrían la ladera antes de dar acceso al viaducto, este puesto de control recaudatorio —donde el "control sanitario" dependía más del olfato del funcionario de turno y del fiel de la balanza que de criterios científicos— queda por fin fielmente documentado para la historia urbana de Ourense. Un testimonio imprescindible de una entrada a la ciudad que hoy resulta completamente irreconocible.
Es sin duda una de las mejores y más conocidas bandas de la provincia, y conste que la competencia era muy alta. Imprescindibles en las fiestas locales, pero demandadas en muchas villas de Galicia, una buena banda era una excelente manera de viajar y tener unos ingresos adicionales que llevar a casa. Lo de vivir de la música ya era más complicado, pero tampoco imposible, máxime cuando don Secundino Feijóo comenzó a reclutar músicos para el circo. Vilanova, Sobrado y Celanova eran los principales puntos donde se escogían estos músicos, pero si había calidad, opciones de trabajo sobraban. Tampoco penséis que era algo sencillo: adquirir los conocimientos era una parte, la habilidad otra, pero lo fundamental era la capacidad de sacrificio. Para ensayar o aprender no venía un profesor a casa.
No hace mucho me contaban que los buenos músicos que había en San Pedro de Moreiras, en los comienzos del siglo XX, se nutrían de vecinos de Sobrado y Bentraces que para los ensayos se desplazaban a pie por las veredas que unían esos pueblos. El problema es que con frecuencia el ensayo se había suspendido y el viaje había sido en balde. Más de uno perdió la afición...
La calidad de las fotografías hace tiempo que dejó de ser lo prioritario para mí. Considero que es mucho mejor poder ver las imágenes, aunque no sean perfectas; la cantidad de información que nos perderíamos si las descartáramos sería enorme.
Uno de los principales retos para los profesionales de la fotografía de la época era el movimiento, ya que, en cuanto alguien se movía de manera continua, la toma se resentía. Los niños de entonces lo sabían bien, y en la mayoría de las imágenes antiguas se aprecia cómo procuraban estar lo más quietos posible para salir bien; los mayores, en cambio, resultaban más problemáticos.
De todas maneras, por muy movida que esté la foto, no me perdería por nada esta vista de los primeros años de la calle del Paseo. De aquellas y por poco tiempo se llamoeste tramo de Fermin y Galan. En ella se aprecian algunos de los edificios que más la embellecen, e incluso se echa en falta alguno que llegó después. En primer plano, a la derecha, destaca un «nuevecito» Banco de España y, justo enfrente, un solar muy conocido: aquel que albergó los bailes de la Bilbaína, las actuaciones de Secundino Feijóo y tantas otras actividades que allí se celebraban antes de que se construyera el magnífico edificio que hoy ocupa ese lugar...
Hubo un tiempo en que Ourense estaba sobrado de calles huérfanas de nombre o con alguno prestado. Antes de 1952, si le preguntabas a un vecino por el vial que hoy nos ocupa, probablemente te respondería que era, simplemente, la calle del Posío. Y sería cierto, pero ocurriría lo mismo si tu pregunta se refería a la parte superior del jardín o a la de su izquierda. No tenían nombre propio porque no lo necesitaban; el jardín más emblemático de la ciudad las tenía como parte propia. Nuestra ciudad, a principios de los cincuenta, empezaba a desperezarse, a querer "estirar las piernas" más allá de su casco histórico, y esa zona era el ejemplo perfecto de aquel crecimiento.
Fue en 1952 cuando la calle empezó a reclamar su mayoría de edad y pasó a llamarse calle Coruña. Y no nació de cualquier manera: se transformó en uno de los viales más anchos de la capital ourensana. Parecía que sus diseñadores estaban pensando en los finales de etapa al esprint de la Vuelta a España. El motivo de tal despliegue no era otro que la modernidad ferroviaria: la calle nacía con la misión de dar servicio a la nueva estación de ferrocarril del centro.
Si miramos las fotos de la época, veréis que en los pies de foto originales se hablaba del Apeadero de San Cosme, aunque todos terminamos conociéndola como la Estación de San Francisco. Para muchos ourensanos de entonces, aquello fue un sueño hecho realidad. Imaginaos la escena: la posibilidad de bajarse del tren y, en apenas unos minutos de caminata, estar dejando la maleta en el pasillo de casa. Durante años, esa fue la gran promesa; una opción cómoda que pretendía evitar el "viaje" que suponía entonces ir hasta la Estación del Empalme. Sin embargo, la historia tiene sus caprichos. A pesar de la anchura de la calle Coruña y de la monumentalidad del proyecto, la realidad es que nunca llegó a tener un uso masivo. Se quedó en una estación con alma de barrio, un lugar de paso pausado. Incluso en más de una ocasión se planteó utilizar la vía como un enlace rápido entre el barrio del Puente y el centro, una suerte de "metro en superficie" que habría cambiado la fisonomía de nuestra movilidad. Pero, como tantas otras ideas, se quedó en el tintero. Hoy, la estación sigue estando infrautilizada, mientras mercancías y viajeros continúan utilizando masivamente El Empalme.
Museo Etnoloxico de Ribadavia.Xunta de Galicia. fondo Pacheco.(original)
Pero dejemos la estación a un lado, que ella merece su propio capítulo. Hoy mi intención es que bajemos a la calle, a esa zona inferior que en las fotografías antiguas cuesta tanto reconocer. Charlaba el otro día con unas ourensanas que aún guardan el brillo de los años cincuenta en los ojos; de esos informantes privilegiados que paseaban la calle a diario y conocían a cada vecino por su nombre. Me contaban que la calle comenzaba con un edificio de una sola planta que guardaba un secreto de gasoil y metal: el acceso a un gran patio interior donde descansaban los autobuses de Freire.
Aquí la memoria de mis informantes es nítida, aunque los archivos a veces sean más tercos a la hora de soltar datos. Cuentan que aquellos autobuses daban servicio exclusivamente a la estación de tren, funcionando de una manera muy similar a lo que hoy son nuestros urbanos, pero con ese sabor artesanal de la época. Podías oír el rugido de los motores al arrancar por la mañana, un sonido que anunciaba que el día se ponía en marcha. No he podido contrastar de manera suficiente el nombre de la empresa y su trayecto, pero seguro que es más o menos "ese"; los expertos ya me corregirán.
Justo a continuación del patio de los autobuses, el olfato tomaba el relevo del oído. Allí estaba el horno de la panadería Barcoleón. Imaginaos ese aroma a pan recién hecho inundando la calle Coruña de buena mañana; era el perfume del barrio que, según cómo girase el viento, podía mezclarse con el de la cercana fábrica de chocolate de Nuestra Señora de los Remedios. ¡Ya teníamos el desayuno completo! El negocio lo regentaba un matrimonio que tenía en casa a tres o cuatro "angelitos". Y lo digo entre comillas porque, según me cuentan con una sonrisa, era casi imposible verlos juntos para poderlos contar. Con frecuencia, su vitalidad obligaba a intervenir a las vecinas más ilustres de la acera: las monjas.
Era un contraste precioso. Al lado de la panadería se encontraba el convento y la capilla de las Siervas de María "Salud de los enfermos". Allí, la congregación contaba con la guía espiritual de don Antonio Jaunsaras, todo un personaje por su carisma como sacerdote y por su sabiduría musical. Era el refugio del silencio y la oración. Pero cuando los niños de Barcoleón decidían organizar sus "combates pugilísticos" en plena calle, la paz del convento se veía interrumpida por el jaleo de la infancia más pura. Eran cosas de niños, claro, pero los enfrentamientos debían de ser dignos de una velada de boxeo en el pabellón. Como curiosidad histórica, me cuentan que la figura de la fundadora, madre María Soledad Torres Acosta, que presidía la capilla, se conserva hoy en la iglesia de San Pedro de Moreiras. Un pedacito de la calle Coruña que se nos fue al campo.
Siguiendo nuestro paseo hacia arriba, nos encontrábamos con un lote de edificaciones que pertenecían a una sola propietaria: se las conocía popularmente como las "Siete Casiñas". En la primera de ellas vivía un camionero que era la envidia de cualquier conductor actual. Por aquel entonces, el tema del aparcamiento era una maravilla; el hombre simplemente llegaba y dejaba su camión plantado delante de la puerta. Sin multas, sin vados, sin vueltas a la manzana. La calle era, en el sentido más literal, una extensión del hogar. ¡Ah! Y en aquellos tiempos no tenía que preocuparse del robo de gasoil, ni siquiera del camión, que más de una vez quedaba abierto.
En el bajo de la casa donde vivía la dueña de todo el lote, el ruido del metal volvía a aparecer, pero esta vez con olor a aceite de motor, pues allí se ubicaba un taller de automóviles. Al lado, en una casita que solo tenía planta baja, se encontraba una pescadería que traía el olor del mar al centro de la ciudad. Era el "barrio total": en menos de cien metros desayunabas y, a media mañana, ya te relamías pensando en unas sardinas asadas con una rebanada de aquel pan de bolla.
Solo faltaba el postre para terminar este tramo de la memoria. No podemos olvidar la casa-tienda y fábrica de un heladero de los de antes. De esos que no esperaban a que el cliente viniera, sino que salían con su carrito a repartir mercancía y sonrisas por todo Ourense. Eran tiempos en los que ser autónomo no tenía tantas trabas ni papeleos; bastaba con tener un buen producto y ganas de caminar. Aquel heladero era uno de los que habían preferido el autoempleo; probablemente había aprendido el oficio con la gente de La Paloma o la de La Ibense, pero prefería arriesgarse a ser su propio patrón. En la zona del jardín, entre él y el famoso Espina, daban cobertura a todas las necesidades en verano. En invierno ya era otro tema, pero para eso en la tienda tenía casi de todo.
Hoy, cuando paséis por la calle Coruña, os invito a que no solo miréis el asfalto o los edificios modernos que han arrasado aquel pasado; hasta la capilla se ha ido. Buscad con la mirada ese lugar donde el camión descansaba en la puerta o imaginad, por un momento, a los niños de Barcoleón ensayando un derechazo ante la mirada reprobatoria, pero cariñosa, de una monja. Porque una calle no son solo sus límites laterales; son las historias de quienes la hicieron caminar por primera vez. Menos mal que siempre nos quedará el Posío…
Foto tratada con I.A.
lo ideal era el empedrado que habiles canteros hacian en calles mas "intimas" de la ciudad, Paz, Santo Domingo.... durante un tiempo su superficie lisa era una maravilla, pero como loscarros pasaran mucho por ella, no tardaban en descolocarse..
Como siempre, se trata de una cuestión de gustos. Pero, en mi opinión, esta fotografía de Ernesto Schreck es una de las mejores que se pueden mostrar de la calle del Progreso.
Nos encontrábamos en el año 1925; la calle aún era un humilde vial que ni siquiera había merecido que se cambiara su suelo de tierra por uno más limpio, por lo que las damas de la ciudad la rehuían todo lo que podían, principalmente en los lluviosos inviernos. Los árboles intentaban darle un aspecto más rústico, pero a duras penas sobrevivían.
Con todo, lo que más llama la atención es la convivencia pacífica entre tan diversos medios de transporte. A los autocares, que usaban esta vía como estación de autobuses improvisada, se unían los carromatos tirados por bueyes que se encargaban de transportar grandes cargas, y aquellos que, tirados por un pollino, hacían pequeños recados. Aunque, si os fijáis bien, también podréis ver al paisano con su pequeño carrito, que él mismo empuja por el medio de la calle.
Por aquel entonces, era la calle más céntrica de la ciudad: el Roma, Álvarez, Telégrafos, el Banco de España, médicos, abogados...
1960 Foto Villar para El Pueblo Gallego
Hoy se hace difícil imaginar esta zona de la ciudad sin ver a nuestro "vigilante". En los años sesenta, la calle Curros Enríquez afrontaba su mayor remodelación: la construcción de la Torre.Desde que el Puente Nuevo —el de hierro— abrió el paso hacia Canedo, comenzó una transformación constante de un espacio que, en su mayoría, estaba vacío. Según mis datos, esa "manzana" que hoy forman la Subdelegación del Gobierno y la Torre solo albergaba una edificación, la que veis a la derecha: la Panificadora Cívico-Militar.
En lo que hoy es el final de Juan XXIII, solo había un camino de tierra que daba acceso a las casas de los temporeros que venían a cuidar las viñas y a realizar la vendimia (terreno que después ocuparía el Club de Tenis). Tampoco existía el edificio del INSS ni los bloques contiguos; desde lo que hoy es la calle Concejo, lo que se veía era un muro de piedra que daba privacidad al llamado Campo de los Maristas.
¡Bufff, ya me metí en otro lío! Los Maristas habían estado en el edificio de la Subdelegación de Defensa y su campo de juegos cruzaba todo el terreno que hoy conocemos como Juan XXIII... ¡Cuánto cambio!
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| Sociedad Gimnastica de Pontevedra. Campo Loña 1930 |
Deporte y música son, con diferencia, los motivos más habituales para disparar una fotografía; y dentro del deporte, sin duda el fútbol, aunque no es el único: el ciclismo y el atletismo también tenían gran "gancho".
Hoy recupero una de las imágenes que Leopoldo Iglesias obtuvo en el año 1930 durante la exhibición de atletismo que se celebró en el campo Loña. Lo triste es que, en realidad, ese grupo de atletas que posan para la foto Villar son parte del equipo de la Sociedad Gimnástica Pontevedresa, quienes, con la intención de fomentar este deporte en nuestra provincia, habían venido invitados (y repetirían en las fiestas del Corpus).
La verdad es que no se puede decir que no hubiera afición y atletas en Ourense; lo que no había, o era muy escaso, era el apoyo que estos recibían para entrenar y competir. El campo Loña, que fue el escenario elegido para la exhibición, no contaba precisamente con las mejores condiciones para la práctica atlética, por no hablar de la imposibilidad de utilizar la instalación más que en ocasiones muy concretas. El fútbol era prioritario.
La sala en sus primeros tiempos 1948
Cine avenida 1948-1989
Hay recuerdos que se quedan grabados en la piel de una ciudad, y para los ourensanos de varias generaciones, sus cines son de esos que no se olvidan.
En ocasiones la memoria nos juega malas pasadas y tendemos a desordenar el mapa de nuestras salas. Muchos colocan el Cine Mary como algo posterior, pero lo cierto es que se había inaugurado dos años antes. Para cuando nuestro protagonista abrió sus puertas, salas tan míticas como el Xesteira, el Losada o el Principal ya llevaban un buen trecho de ventaja y se habían ganado el corazón del público. Sin embargo, el 11 de septiembre de 1948, un nuevo rótulo se encendió en la calle Curros Enríquez para cerrar el círculo de las grandes salas de la ciudad. Nacía el Cine Avenida.
Aquel día de finales de verano, las páginas del diario La Región no escatimaban en elogios para anunciar el acontecimiento. Lo definían con brevedad: «Fina decoración, magnífica visibilidad, máxima comodidad». Y no mentían. El cine se ubicó en los bajos de una casa robusta, levantada diez años antes, en 1938, por don Patricio Martín. Un hombre bien conocido en la sociedad Ourensana de la época, un fabricante de licores que vio en el negocio del séptimo arte la oportunidad de regalarle a Ourense un local a la altura de las grandes capitales. Aquella apertura no era un estreno más; era la confirmación de que la ciudad entraba de lleno en su particular "época dorada" cinematográfica, un tiempo en el que ir al cine era casi un ritual sagrado.
Para levantar este coliseo, se eligió al arquitecto José Barreiro y la constructora E. Suarez. Al cruzar el umbral, lo primero que llamaba la atención era su innovadora planta única. A diferencia de otros cines de la época, divididos en palcos y plateas que segregaban al público, el Avenida era una sala donde sus 900 butacas ofrecían una visibilidad perfecta te sentaras donde te sentaras.
Unos amplios vestíbulos daban paso a una grandiosa "sala de descanso", que en los primeros años se convirtió en el punto de encuentro indiscutible de las tardes Ourensanas. Era el lugar idóneo para dejarse ver, o tomar algo en su entrañable ambigú, contando incluso con unos servicios amplios y cómodos que eran todo un lujo para la época.
El acceso al patio de butacas se abría a través de tres imponentes puertas de madera tallada. Al cruzarlas, entrabas en la mayor sala de la ciudad, diseñada para deslumbrar. Las molduras del techo, las cúpulas y los dorados de las paredes, creaban una atmósfera ideal. Al frente, la embocadura del escenario, adornada con una greca dorada que ocultaba una iluminación indirecta revolucionaria. En lugar de bombillas, el cine jugaba con los colores: una cálida luz incandescente para los descansos y una luz blanca, que llamaban "luz del día", que brotaba de los frisos para ambientar la sala. ¡lastima que las proyecciones se realizaran a oscuras!!!!.
Llamaba la atención su cubierta metálica que lograba salvar las enormes dimensiones de la sala sin colocar un solo pilar que estorbara la visión, aportando además la tranquilidad de ser completamente incombustible.
El broche de oro decorativo lo puso el artista pontevedrés Agustín Portela padre del arquitecto Cesar Portela con dos grandiosos cuadros que custodiaban la sala. En ellos retrató a dos parejas decimonónicas vestidas con elegancia. Allí plantados, con la alegría de sus colores, recibiendo a los espectadores con una cortesía antigua mientras veían pasar las cintas por la pantalla sin asombrarse demasiado de la magia del siglo XX.
El debut oficial de la pantalla llegó con la proyección de Águila Negra, una película de 1946, dato que resulta llamativo en esa inauguración, habrá que indagar por si existió algún motivo que llevara a su elección.. Tal vez en ese día de la inauguración lo menos importante fuera la película, el protagonismo correspondía a la sala y los afortunados que ocuparon las 900 butacas aquella tarde de inauguración, estaban más pendientes del entorno y el típico ver y ser visto que de la cinta.
Y como detalles recordar que el propietario tenia acceso desde su domicilio a un privilegiado palco en lo mejorcito de la sala, y no olvidar las carteleras que en la esquina del paseo con Alejandro Outeiriño, recordaban las películas o actos que se podrían disfrutar en la sala
Al final fueron mas de 40 años de vida. A finales de los años 80, el Avenida apagó definitivamente sus proyectores. Desapareció para dejar paso a una nueva generación de salas de aforo pequeño, esos mini cines comerciales que, aunque traían mejores medios técnicos y sonido envolvente, carecían por completo del alma, el encanto y la grandiosidad de las viejas y queridas salas de proyección.
Tras su cierre, el edificio sufrió el destino de tantos otros templos de la cultura popular. El local acaba de ser vaciado, los dorados y las pinturas pasaron a la historia, y hoy en día el espacio que ocupaba la platea se ha reconvertido en una tienda de deportes. Ya no hay aplausos ni miradas fijas en la penumbra, pero al pasar por Curros Enríquez, es imposible no mirar de reojo el bajo y recordar que allí, durante unas horas, fuimos capaces de viajar a otros mundos a través de una pantalla de clara de huevo.
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| Examenes del "conservatorio" de ourense, que a pesar de no ser oficiales contaban con la presencia de las autoridades. |
"Diciembre de 1927: se celebraban en Ourense los exámenes de aptitud de los jóvenes alumnos. Sin embargo, no se trataba de las pruebas de un conservatorio; para eso habría que esperar todavía más de veinte años.
Desde la época de Fernández Bordas, quien con su habilidad y conocimientos encandilaba a todo el país, se desarrolló en Ourense una gran afición por la música culta. Pese a ello, no se conseguía establecer un conservatorio de enseñanza reglada que diera satisfacción a esa demanda. Se comenzó creando una escuela en Santiago, pero de enseñanza no oficial; ese privilegio quedaba reservado al Conservatorio Nacional de Madrid. Es en este último donde cuentan que el genial Bordas, en un concurso, fue merecedor del primer premio, pero tuvo que conformarse con el segundo por cuestiones técnicas: el galardón conllevaba el grado de maestro y, para un niño de tan solo doce años, no se contemplaba la posibilidad de otorgarle tal distinción.
De todas maneras, aunque no fuera una institución reglada, Ourense dispuso —mucho antes de la llegada del centro oficial— de una escuela de música por medio de su Orfeón Unión Orensano. Allí, los interesados podían formarse con la intención de perfeccionar su técnica y, eventualmente, marchar a Madrid para continuar la carrera. De no ser así, siempre conservaban la opción de ejercer de manera no profesional en la ciudad, donde en aquella época aún existían prometedoras opciones de futuro."
"El 22 de diciembre de 1929 se anunciaba, como una gran novedad, la construcción de un 'evacuatorio' subterráneo en los jardines de Obispo Cesáreo. No dispongo de demasiada información sobre este tipo de construcciones ya que, a pesar de su indudable utilidad y del desvelo diario de sus cuidadores, no gozaban de buena fama. En algunos casos se criticaba la falta de higiene y, en otros, se decía que servían de punto de reunión para maleantes que, aprovechando el momento de indefensión de los usuarios, les ayudaban a 'aligerar' los bolsillos.
Permitidme que no entre en detalles escabrosos. Lo que sí me resulta curioso es que, habiéndose anunciado en aquel lejano 1929, todavía guardo el vago recuerdo de verlos allí cuando jugaba en esos jardines a la tierna edad de tres o cuatro años. No es algo que pueda confirmar con total certeza, pero la imagen permanece.
Del mismo modo, no me atrevo a asegurar si la construcción que aparece en la fotografía —acompañando a doña Concha— era un repetidor de la red eléctrica local o, tal vez, ese fielato que tanto he buscado en archivos gráficos y que, hasta ahora, no he logrado localizar con éxito."
Os suena???. Es la actual calle Concordia y si fijais bien la vista podreis ver el Coliseo Xesteira. mi intención era mostrar el edificio que cayó para abrir las Galerias Centrales, pero me conformo con mostrar el de al lado, que sigue en pie, aunque con los locales del bajo muy cambiados
El desarrollo urbanístico de Ourense a mediados del siglo XX dejó hitos que hoy definimos por su fachada, pero cuya verdadera razón de ser se encuentra en su interior. La revisión de las crónicas de la época y de las fotografías del derribo de los antiguos solares revela una realidad clara: el proyecto prioritario de Manuel Fernández Xesteira era la creación de la calle interior; los edificios fueron la consecuencia arquitectónica para hacerla posible.
Existio una "vieja idea", ligada al Coliseo Xesteira: las traseras del teatro, se usaban de aquellas como talleres y cocheras de la empresa de transportes ourense-verin, y era evidente que ese uso en el centrocurbano no tenia logica. Xesteira entonces tuvo una idea genial: enlazar las calles de Calvo Sotelo y Avenida de Buenos Aires" Hoy Paseo-Concordia. Para Xesteira, el edificio no era el objetivo final, sino el "punto de arranque" de una calle interior con techo de cristal.
Si os mostratra los planos del conjunto de los solares, comprendemos que la adquisición de la casa número 32 en Buenos Aires y la número 12 en Calvo Sotelo fueron movimientos estratégicos de un "ajedrez urbano". Dando acceso a su calle, no impedia que se construyeran edificios de viviendas y conseguia:
Una calle privada de uso público, protegida de la lluvia y el frío, diseñada para el "animado paseo".
Los edificios que flanquean y cubren este pasaje, que funcionan como contenedores de una "ciudad comercial en pequeño".
La visión de Xesteira iba más allá del ladrillo. Su sistema de acceso a la propiedad para los pequeños comerciantes —donde el alquiler se convertía en amortización de compra— era totalmente innovador y contó con la aprobacion de muchos comerciantes ourensanos.
El edificio era la infraestructura necesaria para que el "dinamismo" de los pequeños negocios tuviera un escenario accesible en el corazón de Ourense.
En conclusión, lo que hoy conocemos como las Galerías Centrales no nació como un bloque de pisos con locales debajo; nació como una arteria comercial que, para existir, tuvo que revestirse de edificios.
Coincidiréis conmigo en que esta fotografía del viejo campo Loña es, posiblemente, la mejor que conservamos a día de hoy.
Gracias al ángulo que escogió Villar para capturarla, podemos ubicar con precisión el que fue el campo de fútbol de referencia en la ciudad durante décadas. El Hospital de las Lagunas sirve como guía perfecta para situarlo; justo detrás del público, a la derecha, se alcanza a ver la que hoy es la calle Celso Emilio Ferreiro. El resto de los detalles os los dejo a vosotros para que completéis el mapa mental.
No he podido resistirme y, partiendo de la foto recuperada del archivo de El Pueblo Gallego —que presentaba algunas deficiencias lógicas del paso del tiempo—, me he permitido la osadía de aplicarle un par de filtros para modernizarla. El resultado es, creo, el campo que les hubiera gustado disfrutar a aquellos futbolistas que en 1942 reinauguraban la instalación.
El terreno era, "más o menos", plano (con énfasis en el "más o menos", dada su ligera inclinación) y, por supuesto, de tierra y no de hierba. Observándola con detenimiento, me parece que la gran reforma de aquel año se centró principalmente en la grada de la derecha, que seguía siendo de madera. Aun así, como podéis ver, se llenaba hasta la bandera. La afición era fiel... aunque, como parece que era inevitable en la época, siempre había unos cuantos "aficionados" que preferían disfrutar del espectáculo sin pasar por taquilla.
Hace ya tiempo que mi calendario personal no se detiene obligatoriamente en el campo de la feria los días 7 ni 17. La última vez que me acerqué por allí, os confieso que, al margen de cumplir con el rito sagrado de comer el típico pulpo, poco más se podía hacer. Recuerdo incluso que acabé aprovechando el paseo para echarle un vistazo a los vehículos del parque de bomberos. Lo del entorno de la Plaza de Abastos es otra historia; aunque se mantiene el bullicio, ya no es, ni de lejos, la feria que vivieron nuestros abuelos. Aquellos encuentros donde las transacciones importantes se cerraban entre apretones de manos por animales o productos del campo han dado paso a mercadillos de ropa, alguna herramienta despistada, plantas y el clásico puesto de "semi-antigüedades" que tanto nos gusta rebuscar. A veces pienso en acercarme a la Plaza de la Trinidad para ver si aún queda algún rescoldo de aquella actividad antigua, pero no me atrevo... quizás por miedo a que el silencio sea la única respuesta.
Lo cierto es
que no podemos pretender que algo que nació como una necesidad vital en los
tiempos más remotos siga siendo hoy igual de viable. Las ferias no eran solo
comercio; eran el punto de encuentro de vecinos que vivían y trabajaban en pequeñas
aldeas, muchas veces aisladas por el barro. Acudían con un esfuerzo que hoy nos
costaría imaginar para surtirse de lo básico. Pero el mundo gira: primero
llegaron los almacenes, luego las grandes superficies y hoy el comercio
electrónico se va adueñando de nuestros hábitos de compra y nos trae la feria
al salón de casa. Una evolución que, suponemos, busca la mejora, ¡habrá que
esperar a que el tiempo dicte su sentencia definitiva!
Me asaltan
estos pensamientos porque, buscando información sobre el gran fotógrafo José
Suárez, quien por fin disfruta últimamente de un merecido reconocimiento,
me topé con un texto de Ángel Pumarega publicado en el diario Ahora.
No os frotéis los ojos: el artículo es del año 1934. Yo siempre había
guardado la imagen romántica de que, en aquella década, las ferias eran el
motor imprescindible de Galicia, y resulta que Pumarega ya nos hablaba de su
declive, de su "muerte" lenta pero inexorable.
Aquel
artículo de 1934, titulado "Esplendor y muerte de la feria
gallega", cobraba una dimensión casi mágica gracias a las fotografías
de José Suárez. La cámara de Suárez no buscaba la postal idílica, sino la
verdad cruda de Allariz. Cuando Pumarega le preguntaba: —Amigo Suárez, ¿cómo
están tan tristes estas gentes de la feria?—, el fotógrafo, con su máquina
al hombro, le explicaba la pesadumbre que veía en cada rostro. Eran campesinos
inmóviles junto a sus bestias y carros, sin vender nada, víctimas de
complicaciones ajenas que no alcanzaban a comprender.
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| Fotografia José Suarez |
Dejadme que recupere parte de este texto, tan representativo de aquellos días:
En 1907 vino de América mi tío Cornelio. Yo tenía diez años y vivía con mis padres en las Cuatro Caminos. Grandes descampados y vertederos de basuras. Formidables pedreas de bandas infantiles. Noches temerosas con fantasmas de barrio envueltos en sábanas. Domingos de gran alborozo con los puestos de torreznos y de fritadas en la calle de Bravo Murillo. Recuerdos espeluznantes del hundimiento del Depósito. La escuela, las "novillos" y las sangrientas descalabraduras en la cabeza.
—Dejadme al chico para llevarlo a América —dijo mi tío—. Allí está su porvenir.
América era aún la gran ilusión. Sobre todo para los nacidos en Galicia. Partí con mi tío y nos detuvimos un mes en el hogar de la familia: la aldea de San Martiño do Real, cerca de Samos, provincia de Lugo.
Allí conocí la feria gallega. No recuerdo si fue la de Castroverde. Y ahora, delante de estas fotografías magníficas que muestran a todos la tristeza actual de la feria gallega, me acuerdo de la alegría ruidosa de aquella feria de 1907, a la que me llevaron mis parientes, dándome de comer el tradicional pulpo frito en grandes calderas de aceite hirviendo, servido en amplios platos de barro y haciéndome probar por vez primera el goloso anís dulce…..
Durante
décadas, Galicia se desangró y se enriqueció al mismo tiempo a través del
puerto de Buenos Aires. El proceso era familiar para todos: primero se iba el
padre o el hermano mayor; luego se mandaban los giros para pagar deudas,
rescatar tierras y, finalmente, traerse al resto de la familia. Esas cartas que
llegaban cada mes con la promesa de "compraremos el campo de tal"
sembraban un optimismo que florecía en los días de feria. El dinero de los
"indianos" circulaba con una energía heroica. En esos años de
esplendor, la feria era el escenario donde se lucían los nuevos aperos, las
mejores bestias y las ropas recién compradas.
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| Fotografia José Suarez |
Los que nos
cuentan que se resistían a abandonar la feria eran los ciegos de los romances,
los pícaros y los truhanes. Ellos encontraban en esa reunión su mejor y, en
muchos casos, única fuente de ingresos. Seguro que hoy, aun en el remedo de
feria que tenemos, no falta algún carterista que con más o menos habilidad
intenta birlar una cartera al despistado paseante.
Y hablando
de carteras, todavía hoy es posible ver en esos días de feria y lluvia a algún
paisano —yo mismo lo hago a veces— con el paraguas de tela remendada sujeto al
cuello de la chaqueta con el fin de llevar las manos libres. Me acuerdo ahora
de uno de los cuentos del entrañable Ernesto Ferro, que aseguraba que
precisamente esa costumbre no era para facilitar el trabajo, sino para no tener
que sacar la mano del bolsillo donde guardaba el dinero. El paisano podía
parecer tonto, pero... ¡la retranca orensana siempre iba un paso por delante!
Al leer a
Pumarega y observar las sombras y luces de José Suárez, uno se da cuenta de que
la nostalgia no es algo nuevo. En 1934 ya se echaba de menos 1907. Hoy, en
2026, yo echo de menos esa cercanía que, a pesar de las penurias de la época,
unía a las personas en torno a una mesa de madera con manchas de vino tinto.
La evolución
es inevitable. No podemos pedirle a la sociedad de la fibra óptica que comercie
igual que la del carro de vacas. Pero sí podemos aprender de esa "energía
silenciosa" de nuestros antepasados. Las ferias de hoy son distintas,
quizás más descafeinadas, pero guardan en su ADN ese espíritu de comunidad.
A veces,
cuando paso por el Couto y veo edificios que guardan tanta historia social, o
cuando releo estos artículos antiguos, siento que mi labor es simplemente esa:
recuperar estos textos, estas miradas de Suárez, y ponerlas ante vuestros ojos
para que no olvidemos de dónde venimos. Porque la feria puede estar en declive,
pero nuestra memoria no debe estarlo.
Seguiremos
buscando esas "alegrías ruidosas" entre los papeles viejos y las
fotografías de plata, intentando comprender si este camino de progreso nos
lleva realmente a un lugar mejor o si, como aquel niño que se embriagó con anís
dulce en Castroverde, solo estamos dando vueltas en un sueño envuelto en una
vaga neblina. Mientras tanto, nos vemos en la próxima feria, aunque solo sea
para compartir un plato de pulpo...
Si podéis, os aconsejo leer el texto
de Pumarega y ver el resto de fotos de Suárez de la feria alaricana; ellos lo
expresaron mejor que yo, sin duda.
(Diario
Ahora, 4 de enero de 1934).
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