Oficios del pasado
Fotógrafos de cajón “Minuteros” y “leiquistas”
Hoy en día, con el móvil siempre en el bolsillo y la cámara a un toque de distancia, es fácil olvidar lo que significó en su momento capturar una imagen. Hacer una fotografía era, no hace tanto, un acontecimiento.
La historia de la fotografía arranca con máquinas complejas y costosas que ponían este arte fuera del alcance de la mayoría. Las primeras fotografías eran retratos de estudio, encargados por familias adineradas que podían permitirse semejante lujo. El proceso era lento, caro y técnicamente exigente: requería equipos voluminosos, tiempos de exposición prolongados y conocimientos que estaban al alcance de muy pocos. Aquello era, en suma, un privilegio de pocos.
Fue a comienzos del siglo XX cuando una nueva figura empezó a democratizar el oficio: los fotógrafos "minuteros", conocidos entonces como fotógrafos "de cajón". El nombre lo decía todo: trabajaban con un cajón en el que manipulaban negativos y líquidos químicos, protegiendo el proceso de la luz. Era un sistema ingenioso que permitía revelar la fotografía en el acto, ante los ojos del cliente, sin necesidad de un laboratorio fijo. La clave del negocio estaba en conseguir el mejor objetivo posible, ya que, que se sepa, no existieron fabricantes de este tipo de máquinas como tales, sino únicamente de las ópticas que las equipaban.
Ourense, como no podía ser de otra manera, tuvo los suyos. Aunque las referencias documentales son escasas —eran en su mayoría trabajadores ambulantes que no dejaban demasiado rastro en los archivos—, la ciudad contaba con su presencia habitual. La fotografía de cabecera que acompaña este artículo resulta elocuente: en la plaza Mayor convivían dos fotógrafos en perfecta armonía, integrados en el bullicio cotidiano junto a los puestos del mercado que aún se instalaban allí, frente al ir y venir de la Casa do Concello. Eran un negocio más entre los demás, tan natural como el puesto del verdulero o el del afilador. Los días de fiesta, su lugar preferido era la Alameda, donde se apostaban en puntos estratégicos a la espera de clientes.
Con el tiempo, algunos de aquellos ambulantes echaron raíces. Apellidos como Mazaira o Sanjurjo levantaron sus laboratorios en las barracas de la Alameda y dieron el salto a un trabajo más elaborado: ya no bastaba con un retrato sencillo. Pusieron de moda los paños de fondo —unos serios, otros desenfadados, otros de corte romántico—, y completaron la oferta con atrezo: el caballito de madera, la gorra de marinero, el traje de torero... Pequeños detalles que convertían un retrato en una pequeña puesta en escena. En muchos álbumes familiares ourensanos se conservan auténticas joyas de este estilo, imágenes que hoy nos hablan de una época con una elocuencia que ningún texto podría igualar.
Un momento decisivo para la profesión llegó en la década de los cuarenta, cuando la implantación generalizada del documento nacional de identidad impuso la fotografía de carnet para todos los españoles. La demanda se disparó y el número de fotógrafos creció de forma exponencial. Muchos pudieron rentabilizar el negocio lo suficiente como para establecerse en locales fijos más cómodos. En paralelo, el Ayuntamiento de Ourense decidió que las barracas de la Alameda no ofrecían la imagen adecuada para la ciudad y ordenó su retirada. Aun así, profesionales como Manuela Saburido, esposa de Mazaira, siguieron trabajando al aire libre durante algún tiempo, con una clientela fiel que la buscaba a ella expresamente. Llegó incluso a desplazarse periódicamente a villas de los alrededores, donde ya la esperaban quienes querían retratarse.
Podría pensarse que, en este nuevo escenario, los fotógrafos habrían abandonado la calle para recluirse definitivamente en sus estudios. Pero la realidad, como casi siempre, desmiente lo previsible.
Al margen de los minuteros "de cajón", que por una combinación de tradición y vocación siguieron presentes durante años en ferias y romerías, tampoco era raro verlos los fines de semana en los parques de la ciudad: O Posío, San Lázaro, la Alameda... La segunda fotografía que acompaña este artículo es un buen testimonio de ello: si os fijáis en la esquina de entrada al parque, veréis una cámara de minutero y al fotógrafo sentado tranquilamente en el banco de piedra, esperando. Era otra época; la capilla de San Lázaro reinaba todavía en el parque sin la presencia de la escultura de Asorey, que aún tardaría en llegar. Una imagen dentro de la imagen, como tantas veces ocurre con las fotografías antiguas.
Y entonces comenzó a aparecer, en calles y lugares de afluencia de público, una nueva variedad de fotógrafo callejero: los "leiquistas". El nombre, poco agraciado, venía de la marca que más apreciaban por la calidad de sus imágenes y la comodidad de uso. La Leica, con su formato compacto y su óptica excepcional, había revolucionado la fotografía de reportaje en toda Europa, y sus virtudes no tardaron en seducir también a quienes hacían de la calle su estudio. Aunque cualquier cámara de 35 mm servía para el oficio —no todo el mundo podía permitirse una Leica de verdad—, el apodo quedó para todos ellos.
Este capítulo merece un apartado propio, y en él cabe destacar que no fueron solo hombres quienes protagonizaron esta historia. Ya en la etapa anterior encontramos figuras femeninas fundamentales: Manuela Saburido, como hemos visto, fue una de las profesionales más reconocidas de su tiempo. En los primeros estudios fijos de la ciudad también hubo presencia femenina, como Manuela Sanjurjo o Mari Arredondo. Y entre los leiquistas, Cheluca Covelo siguió esa estela con mérito propio. Pero hay una deuda pendiente que conviene señalar: muchas otras mujeres sostuvieron estos negocios desde la oscuridad del laboratorio, revelando negativos, copiando fotografías, tirando del negocio en silencio. Su contribución fue imprescindible, aunque la historia raramente les haya dado el lugar que merecían.
Quedan pues pendientes otros dos artículos: el de las mujeres en la fotografía ourensana y el de los leiquistas, que sin duda darán para mucho. Os adelanto algunos nombres por si queréis ir haciendo memoria: Rizo, Cudeiro, Fernández, Leandro, Ricardo, Conde, Cardoso... Una lista que es, en sí misma, un pequeño homenaje a quienes hicieron de las calles de Ourense su estudio y de sus vecinos, su mejor materia prima. Pero esa es otra historia, y merece contarse con el espacio que le corresponde.












