Consejos y avisos

9/1/26

Aquellos treinta. ¡Cuanto que contar...!

 

Similar a esta vista de aquel Ourense de los años 30, es la que después de más de 12 años de lucimiento en las Galerías Centrales, lleva una temporada semi oculta...

 Aquellos treinta, cuanto que contar…

               Reconozco que la considero peor década de este país, por mas de un motivo, lógicamente, SI, el principal es la terrible, guerra civil, pero tampoco es que los años anteriores puedan considerarse menos terribles. ¡Aun así!, siempre es posible encontrar “algo” positivo.

Hace tiempo que en mi ideario esta la frase que Tolstoi puso en boca de Jesucristo, cuando encontraron un perro muerto en estado de descomposición, todos sus acompañantes solo veían la parte negativa, el mal olor, la desagradable vista, y Jesús los calla, encontrando algo bello entre tanta miseria. “fijaros que dientes más blancos tiene”.

            Los “dientes” en el Ourense de los años treinta, son posiblemente el aumento de obra pública. Ya sabemos que el tejido industrial de Ourense nunca fue capaz de mantener a esta provincia, y en aquellos años no era diferente, la agricultura y ganadería no pasaban su mejor momento, y las instituciones públicas se volcaron para mejorar esa situación; edificaciones como la cárcel de Progreso terminaba una necesaria ampliación, y el Banco de España estaba pendiente de su inauguración, pero al tiempo se comenzaba el traslado de la Iglesia de San Francisco, y se iniciaba la construcción del Instituto de Higiene en la Avda. de Zamora.  Estas aunque interesantes eran pequeños parches, el grueso era la construcción de los túneles y vías del Ferrocarril, en la línea de Zamora Orense Coruña; que generaba unas posibilidades laborales, nunca vistas en la provincia. Estas últimas obras, (las del ferrocarril) fueron causa de uno de los momentos más convulsos en la historia Ourensana: la irresponsable decisión de paralizar las obras, basándose en una futura baja rentabilidad ,avocaba  al desempleo a millares de trabajadores, como consecuencia el verano del 31, fue uno de los más conflictivos en la ciudad, manifestaciones y revueltas que tuvieron como resultado final la marcha atrás del gobierno, pero con un coste elevado para los trabajadores, (la peor parte fue para un joven que durante el intento de asalto de la armería Calvo en la Plaza Mayor, resulto muerto, por el rebote de una bala????.). Aun se puede ver en las columnas varias, marcas que lo demuestran. Cierto es que la otra esquina, la que da a la plaza de las Damas también hay marcas de proyectil, pero de esas no conozco víctimas.

Dos obras que se remataban al comienzo de la década.

            Cuando por fin retornó la tranquilidad por esos hechos, se pudo disfrutar de una ciudad que crecía, en aquellos momentos de manera más o menos ordenada, la vida social se había trasladado a la calle del Paseo, donde las terrazas de moda servían de excelente mirador (y puesto de vigilancia), La Marquesina, El Moderno, El Madrid, eran los preferidos. Las tertulias preferían sitios más tranquilos, como los salones del Liceo, o la sala del Roma, aunque también era muy habitual que se aprovechara el momento del “arreglo capilar”, para intercambiar opiniones, la peluquería de Linares, y la del Roma (el añorado Roma estaba en todos los saraos), eran las más concurridas, debido probablemente más a su ubicación tan próxima a la Diputación, que a la comodidad de sus modernos sillones Triumph. Los paseos de las tardes veraniegas entretenimiento de los “mayores” que escapaban al bullicio que generaba la juventud en el Paseo, se desarrollaban por la antigua carretera de Trives, o la fresca arboleda del jardín del Posío que competía en oferta musical con la alameda. Ya para disfrutar de música a cubierto, de aquellas La Bilbaína y el Unión eran los lugares de moda.

            La plaza de abastos nacía en 1935, buscando concentrar a todos los vendedores que se acercaban con sus productos a la búsqueda de clientes, eso dio un cambio a la fisonomía de la ciudad, y de alguna manera le restaría “vida” a sus calles, que veían florecer cada mañana los puestos, la Plaza das Damas, San Marcial, La Trinidad, La Barrera, La Plaza de la Herrería, eran algunos de los lugares que perdían actividad..

            A raíz de la inauguración de la cárcel de progreso, comenzaría a ser normal, ver a los reos conducidos por la fuerza pública delante de la Alameda, en la que ya no estaba el viejo hospital de San Roque, pero aún permanecía vigilante doña Concepción Arenal sobre el pedestal que le diseñara Parada Justel. La calle doctor Marañón, ni siquiera era un proyecto, y en su entrada se podía disfrutar del merendero de los Taboada

            El colegio de las Josefinas aun no era tal, en aquellos momentos eran viviendas, por decisión del propietario, quien había renunciado a trasladar allí las oficinas de su empresa, “Eléctrica Balvis”, lo mismo que su anterior propietario Don Santiago Sáenz, había renunciado a instalar su fábrica de curtidos, (la existencia de agua en abundancia de las Burgas, y la presencia del matadero lo aconsejaban).

            En los treinta aún se podía ver a las “muchachas” recogiendo agua con las cañas, en la desaparecida fuente “do Outeiro dos Porcos”, delante de los “balnearios”, (casi mejor llamarle casas de baños), cerca de allí, estaban los talleres de la imprenta La Industrial, en las cercanías estaba instalándose la fábrica de chocolates Nuestra Señora de Los Remedios, y años más tarde la primera tienda de ultramarinos de la saga Fe-ri.

La escuela normal y el instituto concentraban a lo más granado de la intelectualidad local, que no desmerecía nada con cualquier otra provincia, siendo envidia de muchas de ellas. Don Ramón, ya casado había regresado como profesor a las aulas donde había recibido instrucción del maestro Macías, y don Vicente Risco, ya había obtenido plaza en la escuela normal de maestros de la que sería director años más tarde.

Relacionado también con la cárcel de Progreso y como recuerdo a mi buen amigo Andrés Pereiro, una anécdota. Los sábados y domingos por la mañana a primera hora se reunían delante de la cárcel de Progreso, todos los golfos que el gobernador civil había castigado por pequeñas faltas, peleas pequeños hurtos, etc. el castigo consistía en barrer la calle del paseo a la vista de toda la ciudadanía, en los primeros momentos se les hacia llevar un letrero de tela a la espalda con la palabra “Gamberro”, pero eso dejo de hacerse por ser excesivamente cruel….


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